lunes 16 de noviembre de 2009

La maldición del número

CAPITULO 24

Por alguna razón, cada memoria tiene un número.

Y por otra, cada número es maldito. El anatema: mis números no son ordinales. O sea, lo primero que recordé fue Charo, de espaldas, con coleta o con rodete o con las puntas del cabello retocadas. ¿Eso la hace el Recuerdo Uno? ¿Y si es el Siete? ¿Por cuál derecho Francisco Silvela, 28, distrito de Salamanca cedería el Tres a un 21 de junio soleado en Madrid? ¿Qué no permite a mis corbatas ser Cuatro? Aquí y ahora, la respuesta de cualquier desquiciado de aquí dentro ganaría todos los tickets al campeonato mundial de la razón.

***

Tanto desorden, hay tanto desorden en mi vida. (Y esto lo dice un hombre sentado en el baño con el periódico sobre las faldas, la pipa llenando pulmones y ambiente, y un Rioja en la copa sobre el vano de la ventana.)

***

Me emborracha la noción de arbitrariedad. Curioso, soy médico: mi vida debiera ser ceremoniosa, un matrimonio con la lógica discreta. Todo me dice que Piaff debe ser el Recuerdo Nueve porque su sentido —yo soy je ne regrette rien— se manifestó después de otros ocho, pongamos. Pero, ¿y si fue primero? ¿Si antes sólo aparecieron dos? ¿Alguien vende garantías para que mañana, al despertar, recuerde lo mismo que hoy?

¿Y si ya aprendí la verdad, si ya se revelaron mis diez recuerdos perdidos y volvieron a perderse porque así debían estar? Siempre es más sencillo olvidar, Casillas. Siempre.

***

Necesito pastillas. Azules y amarillas. Pero eso después de la uva y el tabaco, hombre.

***

Soy un rompecabezas, claro. Lo complejo es unir las piezas que se empeñan en flotar en mares separados por cinco mil millas.

Así...

***

Ordem e Progresso. Orden es progreso. Quiero hacer de mi vida una línea recta al Recuerdo 10. O al Cero, si es que, como dicen, vivimos para completar una regresión.

***

Post hoc ergo propter hoc. Ordenemos la turbiedad:

  • Charo de espaldas en un parque. ¿Es lo primero? ¿Qué quiere decir?

  • La colección de corbatas. ¿Acaso vi a Charo en el parque y subí a casa a revisarlas? Doy esto por cierto: cuando las veo, están sobre la cama, en perfecto orden. ¿Quizás primero ordené las corbatas —¿estaba por volar, volvía de un viaje?— y luego bajé a la plaza? ¿Y qué parque era?

  • Madrid, mitad del año. ¿Es esto sólo una sensación? O sea, ¿supongo una ciudad al sol? ¿O es sólo una marca en un calendario de pared que dice Hoy es 21 de junio y hay sol? Porque no distingo nada: no hay edificios, no hay vistas. Todo es blanco pero estoy convencido de que es Madrid y es 21 de junio y hay un sol precioso. ¿Es ese día el día de Charo de espaldas, de mis corbatas ordenadas de salida o regreso?

(Esto es agotador.)

  • Silvela, 28, Salamanca. ¿Qué demonios es esa casa? Ya la vi. No hay nada en especial en ella. ¿Viví allí? No viví allí. ¿Alguien que conozco vive allí? Nadie que conozca vive allí. Acaso está cerca de un parque, donde Charo y...

  • Piaff. Bien, esto es certeza: pocas cosas me importan. Piaff me lo dice. Esto es una certeza de granito.

  • «Timbuktu». ¿Debo releerlo? ¿Debe decirme algo su portada? ¿Hay un meta-mensaje en este libro? ¿Auster debe decirme algo sobre la enfermera? ¿O sobre Charo? Tengo una idea: revisaré si tiene subrayados. Allí puede haber pautas. Los libros siempre dan pautas.

  • El auto, el Mercedes, y la muerte. No me detendré en esto. No ahora. Por favor.

  • La enfermera del pasillo. Sexo, sexo, sexo. ¿Hay otra cosa? Ah, Casillas; ha de haber. No hay vida que se obsesione con recuerdos intrascendentes. Esos son hombres perdidos. Los extraviados de este hospital. Gente que mata quince años dando vueltas las tres mismas cartas todos los sábados. Bebedores de mocos. Entes que no miran una pared: la pared les mira; está más animada que ellos.

  • No vivas mi pasado”. El pasado. Mi padre. Sé quién fue mi padre. Qué hizo. Sé. Pero, por otro lado, ¿quién fue mi padre, realmente?

  • Mímesis Fernández. Como que lo tengo asentado: mi posición, mis chicas, mis archivos. El deseo femenino en el hombre. Fernández quiere ser yo. El poder.

***

Diez recuerdos. Orden.

Uno a Diez.

1 a 10.

1 y 0.

0 y 1

0 + 1 = 1

Ah, Fibonacci. La secuencia autosimilar.

Circular Fibonacci.

0 + 1 = 1 = La suma de los precedentes es igual a su sucesor = soy cuanto he hecho.

Circular Casillas.

No quiero ser igual a mí mismo, ordinal y ordinario.

Möbius Fibonacci.

Möbius Casillas.

Malditos números.

Circular Möbius Fibonacci Casillas.

Por lo que sea, debo saber dónde estoy para no ser uno más de este loquero Möbius Fibonacci donde vivo.

Réstenme. Adiciónenme.

Necesito ser una contradicción en los términos: 1 + 1 = .

***

Ruego al orden de los factores alterar este producto.

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lunes 26 de octubre de 2009

Operación Triunfo

CAPITULO 23

Por la mañana, dejó el auto a buen recaudo y se apersonó, muy judicialmente, en el hospital. Temblaba. En Buenos Aires no hacía trabajo de campo. Eso recaía en Orso y Portigliatti. Involucrarse desencajaba con su modelo de comportamiento administrativo, analítico e inodoro. Pero viajar a Madrid suponía fajina. Viene con el territorio, Zapata.

Llegó hasta el guardia decidido a mentir. Un familiar necesitaba asistencia; precisaba hablar con el jefe de médicos. Desde allí todo podía haber ido por la barranca pues el fiscal sudaba y gesticulaba como si tuviera alas, incapaz de disimular la falsía. Pero ese día estaba con suerte o al vigilante nada le importaba pues lo miró explicarse una y otra vez sin moverse de su sitio. Tenía la mirada de una vaca. Es posible que por esa bondad vacuna no hiciera pregunta alguna, mas el asunto es que, tras restregarse la nariz, nada más marcó el número de Fernández.

El médico estaba aburrido. Casillas había desaparecido por varios días dejando en sus manos la administración del psiquiátrico. A Fernández le tomó dos días ordenar todo; para el tercero ya no sabía más que hacer. Conversaba con Charo a través de su puerta, pateaba a algún desquiciado por las tardes, espiaba la oficina del jefe una y otra vez. Donde Zapata vio otra intervención de la providencia había un director interino con la línea del trasero borrada por la silla.

Fernández llevó a Zapata a recorrer los cuatro extremos del hospital. Repitió al médico la invención, esta vez algo más ordenada. Argentino recién mudado a España por cuestiones laborales, buscaba tratamiento para un familiar con serios trastornos de comportamiento. Como Fernández no preguntaba demasiado, Zapata ganó tiempo dando mejor forma al cuento. Excusaba sus reiteraciones por la enorme complejidad del problema de su hermano, el supuesto enfermo, que lo sometía a un permanente y poco controlable nerviosismo. Fernández lo seguía sin oírlo, cabeceando por cortesía, totalmente ajeno.

De cuando en cuando interrumpía por algún detalle vago —la edad del hermano de Zapata, el tiempo que llevaba enfermo, si recibía medicación: 38, 15 años, no— pero no ahondaba demasiado. Al cabo de un tiempo de girar, Zapata notó que habían atravesado la misma intersección de pasillos dos veces. Se detuvo para hacérselo notar al médico: Fernández siguió.

Esa primera impresión alertó al fiscal. Pronto se convenció de que las preguntas del médico no saltarían la valla de las vaguedades —¿era el hermano era casado? ¿había historial familiar? ¿podían cubrir los gastos? a) no, b) no, c) sí. Al final, Zapata concluyó pronto el monólogo y comenzó a hacer él las preguntas. Fernández daba respuestas simples, y cuando no abusaba de los monosílabos, directamente optaba por el silencio.

¿Estaba allí por responsabilidad, porque pidió por él, porque no tenía otra cosa que hacer? ¿Porque el director lo había jodido de por vida encargándole las relaciones con el staff y esa visita y todas las visitas? ¿Por eso visitaron los primeros pabellones a la carrera, como si estuviera urgido de ir al baño?

Hallar el modo de simpatizar con Fernández para cumplir el plan del día se volvió un repentino dilema para el fiscal. Le hubiera dado igual hablar con un perdido que con un jefe médico como aquel, toda prescindencia. Pero entonces, cuando había comenzado a decepcionarse con su experiencia de campo, la situación cambió.

Fue nada más doblar entre pasillos y abrir una pesada puerta. Hasta entonces, y de tanto en tanto, Zapata sentía que su monólogo se mezclaba con una música pegadiza que podía reconocer como pop. Era algo vago, a lo que no prestaba demasiada atención, concentrado como estaba en mantener homogénea su ficción. Pero cuando atravesaron esa puerta, mientras el fiscal volvía a entrar en detalles sobre el dilema familiar de mudar a su hermano de Argentina a España, Fernández comenzó a cantar en voz alta.

Zapata se detuvo de inmediato, nuevamente sorprendido, y esta vez el médico se quedó quieto junto a él: miraba a los ojos al fiscal, con un espasmo de sonrisa —¿era alegría?—, moviendo la cabeza al compás de la música y siguiendo la canción palabra por palabra.

Para cuando concluyó, Fernández procuró recuperar la compostura —¿estaba el médico también loco?— pero Zapata lo notó tan recuperado de ánimo, por primera vez atento a él, que no lo dejó avanzar. Más bien, dijo, prefería que le contase por qué tenían esas canciones tan pegadizas invadiendo los pasillos del hospital.

Resultó: Fernández por primera vez mostró alguna emoción al hablar. Con su narrativa telegráfica, el médico contó que el hospital había comprado todas las colecciones de Operación Triunfo y las repetía incesantemente por los altavoces del sistema de comunicación del edificio. Variaban el orden de canciones y discos de modo de sorprender a los internos. El médico explicó a Zapata que los desequilibrados tienen una memoria intensa. Pueden anticipar con asombrosa facilidad cuántos segundos separan un tema de otro, por ejemplo. También recitar la relación completa de composiciones de un disco; reconocer cantantes, arregladores y sesionistas; el estudio donde fue grabado el álbum y la vestimenta utilizada en cada sesión fotográfica. Algunos podían reproducir, con exactitud, el arte de una portada que nada más habían observado por breves instantes.

En ese momento y con la música, Fernández pareció salir de hibernación. Hablaba más y más. Se ponía en el centro de la escena, gustaba referirse al proyecto musical con convencimiento, como una ocurrencia personal, producto de su observación minuciosa del comportamiento del internado. Parecía disfrutar el parlamento, gozar bajo el foco del ojo ajeno. ¿Será, pensaba el astuto Zapata, que este hombre necesitaba quien leo escuche? Si era así, podía brindarle las horas de toda una vida: Fernández era el tipo de gente que un manipulador desayuna a diario.

De boca del médico el fiscal supo que Virginia Maestro y Vicente Seguí tenían cantando al planeta entero, sin distinción de afección, “Soy tu aire”, “De pequeño” y la mitad de la producción “Confidencias”. A los demás los seguían dependiendo del pabellón: Ainhoa era para los maníaco-depresivos; a Rosa López la silbaban sólo los esquizoides y no había quien compitiese con Ángel Capel y Brenda Mau entre los psicóticos.

Fuera de ellos, había dos OT a quien nadie perdía pisada: Genoa y Bisbal.

Cuando ven los vídeos de Genoa en la sala común, hay que darles sistema de inmediato —informó Fernández.

¿Sistema? —se intrigó el fiscal.

Calmantes. Inyecciones. Les encanta Genoa. Se masturban unos a otros. Cachondeo puro. Debemos sacar a las mujeres de la sala porque se monta una...

A Zapata le resultó graciosa la visión de una orgía insana.

No se ría, es serio. Bisbal es otro caso. Los pierde. A todos: esquizos, psicóticos, suicidas en recuperación. Pero sobre todo a los bipolares. De veras, no es broma. Si por casualidad tenemos a Genoa, que es de su país, de hecho, no podemos poner a Bisbal seguido. Sería un pandemónium. Empieza una de jadeos y erecciones que ni falta hace el Viagra...

Zapata ya no pudo mantener la compostura y la risa se le filtró sin reparos.

Disculpe, es que... La idea me parece... fatal —buscó justificarse—. Tenía entendido que en estos nosocomios la norma era poner música clásica.

Fernández negó con la cabeza.

Gilipollez. Bisbal, Bisbal y Bisbal y Genoa. Así: cada tres Bisbal, una Genoa. Lo dicho: los vuelve locos, literalmente. Primero se aceleran pero luego quedan como seda. La clásica no funciona. Un mito. Los pone tremendos.

Pero acaba de decirme que Bisbal y... —Zapata dudó.

Genoa, su compatriota.

Esa. Que son ellos los que los vuelven... ¿tremendos? ¿Cómo algo tremendo es bueno?

Una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa —respondió el médico, marcial—. Yo dije que la clásica los pone tremendos; los Operación Triunfo los vuelven locos.

El fiscal no terminaba de encajar la idea.

¿Y cuál es la diferencia?

Mire, es mejor que sepa algo —Fernández miró a los lados; pasó la lengua por los labios—: este hospital es, cómo decirle... un tanto...

¿Heterodoxo?

El médico concedió.

No tememos, por ejemplo, hablar sin pelos en la lengua a la gente. ¿Para qué mentirles o prometer lo imposible? —siguió otra vez con tono espartano, tomando distancia de la jovialidad que lo había ganado con la música— Es bueno que sepa que, si trae aquí a su hermano, no es para que mejore: es para encerrarlo y que no haga tonterías en casa.

Zapata no se conmovió: no estaba allí para juzgar al hospital sino para cazar a El Fantasma. Dar la razón a Fernández, desapegado de sus creencias, podía ser el camino más corto a su objetivo.

Lo tengo claro —respondió fingiendo convicción—, no hay reproche. Y realmente eso es lo que pretendo; está incontrolable y yo tengo familia.

Fernández chasqueó los dedos.

Hala, que aquí lo manejamos. Retomo: estábamos en Bisbal y Genoa contra la clásica. Locos versus tremendos. La diferencia. Dígame, ¿la ve, la nota?

Zapata negó.

El sexo, hombre, el sexo. Los OT los ponen y, con el sexo, al final, cuando todos se corren, llega la calma. Método simple: si escapan a los calmantes, Bisbal, sexo y a dormir. Grábese esto, amigo: la música clásica los violenta. No hay cómo meterles sistema. Es el fin de la sociedad del sedante. Me quedo sin máquina: me golpean a los enfermeros, me golpean a los médicos y me golpean a la guardia. Joder, una vez hasta lanzaron a un interno por la ventana porque se negaba a dejar de tararear... ¿Cómo se llamaba?... “Cavalleria rusticana”.

¡No lo puedo creer! —volvió a fingir Zapata.

Créalo, que si se lo digo es para que no se haga vanas ilusiones. Insisto, si va a traer aquí a su hermano, mejor que sepa cómo son las cosas. No es fácil manejar a personas alteradas, como usted sabrá. Pero si de algo sirve, si por algo usted está acá, deduzco, es porque ya habrá averiguado que éste es el mejor hospital psiquiátrico de Madrid. Somos un depósito de chiflados, pero el más eficiente.

Lo sé —volvió a mentir— e insisto en que no me asusta la situación. Supongo que todos aquí son tan profesionales como usted.

Zapata enfatizó para que el médico note la inflexión y resultó mejor de lo pensado: Fernández compró el cumplido. Tomó aire; volvió a controlar los alrededores con un vistazo rápido. Habló con la voz más firme, crecido, como si hubiera ganado veinte años de una vez.

No pueden ser menos siendo yo el responsable de supervisarlos —mintió también él—. Igual, todo eso del interno lanzado por los aires pasó hace años —volvió a perjurar—. Mire —indicó a la izquierda: a pocos pasos de la puerta donde se detuvieron se habría una gran habitación—, estas son las áreas comunes. Un poco viejas, sí, les falta algo de pintura, sí, pero es uno de los lugares donde todos comparten con todos. Médicos, personal subalterno, internos. Almorzamos juntos la mayoría de las veces. Y cenamos, si es turno.

Zapata se asomó. Era un gran salón despejado, de paredes pintadas con sintético gris del piso a la mitad y blanco hasta el techo. Los muebles eran básicos: a razón de ocho o diez sillas plásticas alrededor de media docena de grandes mesas de fórmica. Sellas y mesas estaban unidas al piso con cadenas recubiertas de goma transparente, verde. Las ventanas parecían protegidas contra un ataque nuclear: un tejido alambrado antes de los vidrios, que parecían de vinilo, y rejas de hierro en el exterior. En las alturas de una pared dos televisores empotrados emitían un partido grabado del Atlético de Madrid. Zapata lo había visto el fin de semana: recordó que debía comprar la camiseta para el hijo de Orso.

¿Ve lo que digo? —interrumpió Fernández, otra vez a su lado— Esto es totalmente avant garde. En otras instituciones a los internos les ponen sistema y a otra cosa; acá hay sistema, por supuesto, pero somos humanos.

El médico hizo una seña y Zapata lo siguió por un largo pasillo que desembocaba en las oficinas del personal. Mientras avanzaban, volvieron a sonar por los altavoces los primeros compases de una canción pop, pringosa, imposible de pasar por alto.

—¿En serio que es verso? —volvió a preguntar a Fernández, entre divertido e inocente—. Lo de la música clásica, digo.

—Como un piano. Al único al que le va esa música es al director, pero él está loco también.

El director. El Fantasma. Ya estaban acercándose a su objetivo. Bien. Debía asegurarse la buena voluntad del médico. Zapata tiró de su genio jurídico.

—Bueno, entonces al final la clásica sí funciona para alguien —bromeó.

Fernández sonrió. La mueca fue inconfundible para el fiscal: había malicia.

—Qué va —dijo el médico—, es la excepción. Ya sabe, el que confirma la regla.

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jueves 30 de abril de 2009

Non, je ne regrette rien

CAPITULO 22

Sabes cómo jugar fuerte, Charo. Hoy, por primera vez, he completado la certeza de que tu locura es irreal. O que no es de psiquiátrico. No de este. Quizás del exterior.

Anoche, cuando dejaste el CD de Piaf en el escritorio, abierto de par en par, no seguí el juego. Fue esta mañana, aun amarrado por las babas del sueño, que desperté a todo.

Repasémoslo así.

Play.

Allez, venez, Milord!

Vous asseoir à ma table;

Il fait si froid, dehors,

Ici c'est confortable.

Pause.

(Casillas escribe en una hoja membretada del hospital.)

Este disco, esta canción y esta Piaf me han resuelto la octava laguna de la memoria. A tí era a quien gustaba Piaf, a tí a quien esta letra transportaba. Yo fui tu Milord, Charo.

Play.

Laissez-vous faire, Milord

Et prenez bien vos aises

Vos peines sur mon coeur

Et vos pieds sur une chaise

Pause.

Me perdonarás, nunca supe jugar el juego. Rizar tu rizo. Esta, Charo, es la más clara aproximación al perdón que puedo hacer hoy. Y también es una carta de amor.

Play.

Je vous connais, Milord,

Vous n'm'avez jamais vue

Pause.

Y hoy gemiré por eso, maldita Charo, bendita Loca Estela.

Play.

Je ne suis qu'une fille du port,

Qu'une ombre de la rue...

Pause.

(Casillas enciende un puro; se estira en el sillón.)

Temo a tu sombra porque las sombras siempre salen a nuestros pies. Son el cable a tierra, ¿sabías? Igual es una liviandad.

Conocerte cambió mis modos. Algunos. No puedo decirte todo ahora. Basta que enuncie esto: sin tí, hubiera sido peor. No tengo límites. He dejado detrás toda frontera. Sé que no me queda sino mantenerme en línea recta hasta que no haya adónde ir. En un mundo circular, lo sabes, eso es imposible: uno siempre vuelve al punto de partida nada más para darse cuenta que ni el espacio es idéntico ni el pasado te refleja. Lo hecho nos devuelve un eco, un sonograma. Nada es igual a sí mismo.

Cada vez que paso por el mismo lugar —ese lugar está en mi cabeza—, no me reconozco.

Play.

Pourtant j'vous ai frolé

Quand vous passiez hier,

Vous n'étiez pas peu fier.

Dame! Le ciel vous comblait:

Votre foulard de soie

Flottant sur vos épaules,

Vous aviez le beau role,

On aurait dit le roi...

Vous marchiez en vainqueur

Au bras d'une demoiselle

Esta...

(El bolígrafo se queda sin tinta. Casillas busca otro en el cajón de su escritorio.)

Esta es una derrota autoinfrigida. No me queda tiempo, Charo. Debo terminar lo que resta: recopilar las memorias, quizás llevarlas al papel. Y desaparecer.

Soy un bólido, ya ves. Y soy mi propio conductor. Y he perdido el control de mi vehículo en la carretera rápida, que es lo mismo que perderse a uno mismo.

Mon Dieu!... Qu'elle était belle...

J'en ai froid dans le coeur...

Tú me calmabas, Charo. A tu modo, que nunca reconocí. Nunca tuve ancla, al parecer, y cuando la fuiste, decidí cortar la amarra.

Así es: no soporto las ataduras. Soy un niño que quiere seguir jugando en la calle, en un barrio malo, solo, y a las 10.00 pm.

Allez, venez, Milord!

Vous asseoir à ma table;

Il fait si froid, dehors,

Ici c'est confortable

(Casillas
fuma.)

Lo está. Esta canción era tu capullo, donde tú, vos, te encerrabas. En estas letras siempre estuvo tibio, Charo.

Laissez-vous faire, Milord,

Et prenez bien vos aises,

Vos peines sur mon coeur

Et vos pieds sur une chaise

Je vous connais, Milord,

Vous n'm'avez jamais vue

Je ne suis qu'une fille du port

Qu'une ombre de la rue...

Pause.

¿Quién soy, Charo? Dime, ¿hay El Otro Casillas como hay una Loca Estela? ¿Cómo es él? ¿Cómo lo conociste?

Hace frío. En esta oficina hace frío. Afuera hay sol, pero aquí invierna.

Play.

Dire qu'il suffit parfois

Qu'il y ait un navire

Pour que tout se déchire

Quand le navire s'en va...

Il emmenait avec lui

La douce aux yeux si tendres

Qui n'a pas su comprendre

Qu'elle brisait votre vie

Pause.

(Casillas dobla el papel; lo mete en un sobre; cierra el sobre; gira en la silla; mira por la ventana; al otro lado de la calle ve estacionado el mismo auto de las últimas semanas; cavila.)

No me compadezcas, canción. No lo deseo. Esta ligereza, la ausencia de escudos, concluirá. Nada más espera hasta el final.

Son varios finales. El final de esta canción. El final del pasillo del hospital. El final del polvo con Estela, con Charo, con la enfermera (hoy no puedo decir su nombre), de los niños y la niña de Lima.

Mi final, cuando haya acomodado los diez recuerdos extraviados. Cuando arme el rompecabezas final, uno sin reglas. Allí habrá un legado: como quiero que sea contada mi historia.

Ustedes, los demás, construirán las suyas. Otros rompecabezas sobre mi propio troquelado.

Play.

L'amour, ça fait pleurer

Comme quoi l'existence

Ça vous donne toutes les chances

Pour les reprendre après...

(Toma el sobre y lo abre; tiene nuevas ideas; despliega nuevamente la carta.)

Ojalá estuvieras aquí para que entiendas lo último que escucho y quiero explicar. Mi vida es un rompecabezas que rearmo constantemente, pero también son los puzzles de los demás sobre mí. Vivir es un collage de periódicos.

Nunca una foto dice todo. Ninguna vida se explica. Si algo somos, eso es un infinito en la finitud.

¿No has notado que todas mis explicaciones son circulares?

Allez, venez, Milord!

Vous avez l'air d'un mome!

Laissez-vous faire, Milord,

Venez dans mon royaume

¿Qué hay en tu reino? Lo que debías mostrar ya lo vi. Lo que deseaba, lo tuve. ¿Por qué he de regresar allí donde no queda nada? Nadie vuelve al desierto para morir de sed. Antes navega la mar, donde igual caerá sediento, aunque tendrá otro viaje.

No tocas dos puertos iguales en este viaje, Charo. Lo dicho: nada es igual a sí mismo. No hay regreso, apenas un tránsito. Hacia allá. Hacia los finales.

¿Acaso no notas que mis negaciones son afirmaciones?

Je soigne les remords,

Je chante la romance,

Je chante les milords

Qui n'ont pas eu de chance!

Regardez-moi, Milord,

Vous n'm'avez jamais vue...

Mais... vous pleurez, Milord?

Ça... j'l'aurais jamais cru!...

Pause.

(Detiene la escritura; piensa; echa volutas al aire.)

Ah, perra Charo. ¡Claro que sí! Canta al remordimiento, cántale a tu deshilachado amor. Nunca tuve suerte y no la tendré. ¿Acaso es necesaria? Los finales están escritos, ¿no es así? Y si lloro —lloré, lloraré— es porque no importa qué, cómo, dónde ni cuándo, no puedo cambiar quien soy ni adonde me lleva esta barca.

Soy un Odiseo sin gloria, el único al que las sirenas no le cantan. Ellas se echan al Egeo cuando me sienten llegar.

Play.


Eh ben, voyons, Milord!

Souriez-moi, Milord!

...Mieux qu' ça! Un petit effort...

Voilà, c'est ca!

Allez, riez, Milord!

Allez, chantez, Milord!

La-la-la...

Mais oui, dansez, Milord!

La-la-la... Bravo Milord!

La-la-la... Encore Milord!... La-la-la...

(Vuelve al papel.)

No quiero ser feliz. Sólo necesito terminar con esto. Como sea, non, je ne regrette rien.

Stop? Pause.

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viernes 12 de diciembre de 2008

Choritos a la chalaca

CAPITULO 21

El viejo colega intentó convencerlo de mil formas pero Casillas le llevó la contraria. Iría a Lima sin preocuparse por su imagen. Bien sabía defenderla. No estaba en sus planes disertar sobre indagaciones en la mollera para domiciliar facultades psíquicas. Antes bien, el congreso era una excusa para trasegar un itinerario mundano compuesto de un varieté de comida afroperuana, china, prehispánica y piernas criollas largamente observables mientras simulaba atender la danza de Yaku y Wayra en Los Delfines.

La invitación a disertar en el seminario de frenología le fue cursada por una organización médica no reconocida por la Academia Nacional. El claustro cuasi clandestino reunía a médicos nigromantes, necrofílicos y perversos varios. Eran razón suficiente para preocupar al viejo amigo médico pero no a Casillas, quien nada más los esquivaría. Ni bien llegado a Lima, les hizo un práctico feo a sus expectantes seminaristas escapándose disfrazado con sombrero y bigotes por los laterales del Jorge Chávez.

Un taxi ávido de dinero fuerte lo puso sin pausa en el Swissotel. Al taxi lo conducí un jovencito acholado y simpático, que pronto puso en sus manos su número telefónico para lo que necesite, pana. El chico era hablador y a Casillas le atrajo ese tonito limeño cadenciosamente conquistador, que le seguía aun retumbando en la cabeza, sacándole una leve sonrisa del rostro, cuando se acercó al mostrador del hotel.

Allí lo recibió una atildada jovencita de piel cobriza y ojos color caramelo que le hizo olvidar al taxista. Sus pestañas caían como telas en cámara lenta y olía a maravilla orgánica. Sutilmente, le olfateó el PH. Flowerbomb. Suficiente para aumentarle la sonrisa, liberarle el alma y volverlo más andaluzamente hablador. Entregado a la esencia, Casillas prolongo su registro varios minutos reluciendo galanterías como joyas, pero la chica mantuvo las formas y no cedió demasiado a los pases de media verónica. Apenas le dejó caer los ojos un par de veces y sólo una vez y, con suma discreción, se pasó la lengua por los labios rojos.

Era todo lo que Casillas necesitaba. Terminado el registro, no retrasó más su primera misión. Luego tendría tiempo para ella; su estómago le tironeaba más la voluntad, así que subió presuroso a la habitación y se cambió de ropas. El taxista acholado, que bajo ninguna circunstancia se movería de la puerta del Swissotel, estaba a su disposición para depositarlo en su primer destino culinario.

En las puertas del mercado de Surquillo fueron choritos a la chalaca que cebó con algo de cerveza fuerte. Picosos y sensuales, tuvieron suficiencia para entusiasmarle la lengua, así que gastó el resto de la mañana departiendo con los parroquianos. Volvió al hotel apenas para ducharse. La concierge había dejado el turno, y eso lo importunó un poco —no dejes para mañana... así que apuró el regreso a la búsqueda de nuevos platos.

El taxista esta vez lo adentró en el centro histórico de la ciudad. Pinchos de corazón de res marinados en ají panca, deleite que extendió con un tacu-tacu pletórico de mariscos y un mal vino local. Que fuera indecente, empero, no impidió que se bajase dos botellas antes de pasar a un pisco de Biondi. Como las uvas le enturbiaron el juicio —gritó al mesero y volvió a gritar a los comensales cuando le reprocharon la conducta—, en la penúltima lucidez recordó que su viejo cuerpo cargaba horas de jet lag, así que utilizó la última razón volvió a pedir al taxista que lo devolviera al hotel. Repuesto con una larga siesta, a la noche, con el aire apenas cargado de un leve aroma a pescado, decidió que era tiempo de tentar la suerte y pidió a su taxista lazarillo visitar las zambas, velludas y paticortas putas de la Avenida Grau.

***

La pasión de Casillas por la cocina peruana era un misterio para Charo, propietaria de un paladar de escasa exigencia. A ella, el viaje a Lima le sirvió de perfecta excusa y, ya sola en Madrid, al día siguiente de la partida de Casillas, se fugó a Argentina. Charo se escondería casi medio año en las sierras de Córdoba y, reinventada, sólo regresaría a España para internarse en el hospital a cumplir sus Cuatro Fases nuevas.

En Lima, Casillas no sospechaba de su mujer fugitiva. Estaba entretenido y gozoso con la cocina en directo y los paseos sexuales con menores de edad, chicas malas y travestidos. Aplicaba la misma sistematicidad e inversa elegancia para desechar los mensajes de los organizadores del seminario que para invitar a desayunar, almorzar, merendar y cenar a la concierge que se los acercaba. Le daba lo mismo el lugar, decía. O Astrid & Gastón o Las Brujas de Cachiche o Costanera 700. Una chifa en la calle. Secos de cabrito, zapallo en chicha de jora, sopas teólogas o menestras de cerdo y res en algún nuevo hueco norteño con reconocible estilo de Lambayeque, de La Libertad, de Tumbes o de Piura.

En aquel viaje Casillas experimentó y tomó notas con avidez. Lima fue uno de los destinos donde su carpeta de apuntes creció con una productividad industriosa alimentada por su irresponsable libertad. Por supuesto, todo desenfreno tiene coto y, finalmente, los organizadores del congreso lo ubicaron al tercer día. Gente de rostros tallados con un cincel desafilado y cuerpos densos como morsas, fueron hasta su misma habitación y poco más y lo secuestraron de la cama que compartía, claro, con la concierge.

Casillas dio finalmente el seminario. Fue expedito, lo urgía el ansia de escapar a las fragantes calles limeñas y a enroscarse con la piel dulzona de la criollita. Sin embargo, no por ello el show careció de atractivo para cautivar a su público. Esa gente de narices entrenadas en el hedor gaseoso de las salas forenses acabó la feria boquiabierta, muda y obnubilada por el despliegue escénico del invitado principal, una sucesión inacabable de repulsivas imágenes de los experimentos de Casillas en el hospital madrileño.

El médico no aguardó aplausos y vítores que nunca llegaron. Salió a la carrera para que su taxista lo entregase a las frituras y a nuevas almas ardientes. Comenzó así una vorágine, adobado por pastillas azulitas y un hambre etíope que lo entregó a cuanto cuerpo halló y lo devolvió a Madrid con cinco kilos más en la barriga y varias toneladas de energía en las venas.

Casillas acabó con el decoro de cuanto vernissage, cocina, cuarto, puesto y sábana visitó. Mezcló arroz con pato a la cerveza negra, seco de chabelo con plátano y tentó con billetes estrellados a mujercitas de Miraflores que habían dejado el uniforme escolar a las cinco y se pintaron los hotpants a las seis. A un indio jovencito de Pucallpa lo adobó con más papel pintado a cambio de que él también le dejase untar el cuerpo lampiño con hierbabuena para después comer mondongo y tacu tacu sobre su vientre. Más billetes se fueron en chinas y negras y más aun en Capón, en las sopas de rachi y en las mesas nikkei de Konishi.

***

Cada acto voraz fue documentado con profusión de métodos. En las calles de Lima compró una Konica robada con temporizador con la que fotografió mujeres, muchachos y dragones, monumentos y decrepitudes. Las fotos tuvieron idéntico destino de borrador que sus memorias, reseñas hundidas en letra apretada con poética ordinaria e imprudente. “Jaleas de membrillo y king-kong y un dedo mayor arrancado a dientazos”. “Aquí van 12 choros sancochados fuera de la valva y ajicillo en vulva morena”. “Picar cebolla, añadir limón peruano, colocar rocoto y perejil picado: cholito a la chalaca a medianoche, ñan-ñam”. “No hay concha negra sin arena ni valva sin yuyo; no hay cuerpo criollo que rechace el aceite antes del pincho”.

El día que el médico Fernández accedió en profundidad a los textos de Casillas no pudo menos que colegir que su jefe había perdido la cabeza por completo. Las anotaciones combinaban tenebrosas confesiones de su pasado en Argentina y su presente igualmente inmoral en España con líneas de cocina, apuntes de geogragía e historia y largos devaneos sobre la cultura de las ciudades y pueblos que visitaba.

En el apartado de Lima había largas enumeraciones de tenebrosa factura. La cocina del anticucho de corazón y cau-cau, el caballo de San Martín sin cincha y las catacumbas de las iglesias limeñas compartían varios párrafos estridentes. Luego venían las páginas la descripción de la entrepierna sin vellos de la concierge de treinta años del Swissotel, un ají de gallina y el mar bravo rompiendo bajo el barranco de la costanera.

Una receta de causa limeña, la notación de golpes de la caja negra de Caitro Soto y un detalle de los nervios de la mano sangrante de la concierge antecedían la vuelta de página donde letra e imágenes se desplegaban, ahora sí, ya sin concierto alguno. Las descripciones de las tres falanges ausentes en la mano de la concierge estaban retratadas con nitidez y mucho bermellón cubriendo las sábanas de quinientos hilos y monograma del Swissotel.

Tamales y escabeches, el por qué de la fascinación mundial con Chabuca y su flor canela, el valor inmortal del Puente de los Suspiros. Todo tenía letra y foto. Incluso el taxista, invitado por Casillas a disfrutarse mutuamente cuando ya había sometido y drogado a la concierge. Y, con ella ya despierta a la mañana siguiente, también la técnica para ahogar besando hasta la asfixia a esa mujercita gentil, que nada más había aceptado cenar con un gentilhombre español viendo a los delfines Yaku y Wayra.

Más foto y letra. Un sancochado hirviente en la casa del taxista con su mujer y cinco hijos. Y un arroz chaufa en una avenida artera. Y el Convento de los Descalzos, a media mañana del único día soleado. Y un lomo saltado y el taxista mostrando una sierra, y luego un cuerpo trozado en un taller mecánico de los extramuros, y ese cuerpo envuelto como res de guiso en una edición dominical El Comercio.

Y los aromas rancios de las harineras de pescado y las imágenes de peces flotando, hinchados de gas. Y el gris de una ciudad que canta un fado eterno que no le corresponde. Y un hombre de acento español y otro de Tacna en un taxi sin placa. Y los turrones de Doña Pepa. Y los picarones. Y la técnica de preparación de la chicha morada. Y el auto que llega a las alturas del promontorio sobre las aguas sin surfistas en el anochecer de una tarde ciega.

Y una visita a las momias resecas de Huaca Pucllana antes de abordar rumbo a Madrid, de regreso. Y el recuerdo de la parca, más gris que nunca en una ciudad de hollín, saludando a la distancia, naufragando con otra alma en el oceáno. Y un revuelo de peces masticando plástico en minutos. Y una cerveza Cristal y una Inca Kola fluorescente, sabor a chicle, recién abiertas. Un beso entre hombres. Y la parca inmóvil en esa improbable ciudad que debió ser caboverdiana. Y una frase a página completa. No vivas mi pasado.

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viernes 5 de diciembre de 2008

Madrid, 4.00 AM

CAPITULO 20

Madrid vive durante la hora muerta. Un hormiguero bullicioso que se revuelve como si fuera atacado por el palo de un masai hambriento. Mientras el músculo descansa, la ciudad es asolada por el ejército del soliviantamiento. Una masa fermentada, humeante, sensual. Madrid de noche es ciudad de inmortales. Todo eso pensaba Zapata, que descubrió esa faceta de la ciudad sin proponérselo. De repente, mientras esperaba en el auto, Madrid se avivaba. La gente le pasaba caminado al lado, a los gritos, riendo como si fuera una mañana soleada de sábado. Miró el reloj. Jueves, 4.00 AM.

Y lo mismo el viernes y el sábado. El domingo amainó. Lunes y martes estuvo tranquilo porque incluso los enormes cuerpos reptantes, las hidras policefálicas, necesitan descanso. Un solo día bastaba: el miércoles la procesión se reactivaba. Y no sólo en las calles: también en el hospital. Quizás fuera un ritual citadino, quizá una convención internalizada o la más sencilla costumbre imitativa, pero las luces en la oficina de El Fantasma permanecían largamente encendida por las noches, toda la semana.

Zapata había resuelto iniciar la vigilancia prontamente. Tomó diez días indagar los hábitos del personal del hospital, acercar el recorte de periódico a Fernández y agenciarse un automóvil no muy llamativo. Un Seat rojo, camufable entre otros miles de Seat rojos. Tras eso venía la acechanza. Debía buscar información situacional, conocer los movimientos e identificar sus objetivos para actuar luego.

Se estacionó a una cuadra del hospital bajo unos árboles viejos. De allí tenía vista directa al ala donde, supuso, estarían las oficinas. Tuvo suerte. La primera noche, mientras terminaba de apuntar los horarios de salida de los médicos, sus características físicas, automóviles y placas, alguien encendió una luz en la parte superior del ala oeste.

Un gran ventanal se iluminó en la esquina del edificio y al cabo de unos segundos asomó, marcial, la figura de un hombre. Se quedó allí contemplando la salida del personal —Zapata previó la idea del hormiguero de noctámbulos que en horas posteriores asumiría como definición de la ciudad— y siguió de pie una vez desalojado el sitio. Zapata supuso que controlaba la salida pero, cuando el hospital se vacío, adivinó que el hombre nada más estaba físicamente frente al ventanal. Sus pensamientos pendían en el vacío, en algún punto del cielo oscuro de Madrid.

Orso y Portigliatti eran buenos vigilantes. Habían seguido militares mientras investigaban delitos bajo las órdenes de Zapata en Buenos Aires. Tenían su técnica, copiada de las series de televisión y de las películas americanas. Se disfrazaban. Cambiaban autos con frecuencia. Todo lo demás lo tropicalizaban. Así, si bien llevaban café en un termo, las más de las veces lo reemplazaban por mate. Cambiaron las donas de New York y San Francisco por unas medialunas y cañoncitos de crema de una panadería de Flores. Eran decentes y baratos.

Para Zapata esa actividad era novedad pura, una especie de tarea literaria o televisiva impropia para un fiscal jefe. Cuando sus ayudantes le contaban de sus peripecias detectivescas, el asumía un aire de jefatura. Sonreía y creía así poner distancia y autoridad sobre sus subordinados. Mientras él creía ver en los demás a los subalternos de Baretta o Starsky & Hutch, los otros le reconocían el tipo y solían burlarse nada más verlo sonreír con una mueca.

Nada más la primera noche frente al hospital Zapata reconoció la importancia de realizar una pesquisa con propiedad y valoró las vigilias de sus compañeros. Apenas disponía para la tarea de unos binoculares que compró en las calles del Rastro, de apuro, urgido por la idea de que quizás debiera espiar a la distancia y sus ojos ya no eran juveniles. Ni se aprovisionó con comida o bebidas, y sufrió esa ausencia cuando el estómago le recordó horas de desatención.

Los binoculares cumplieron el propósito con corta dignidad. A la distancia, distinguió que el hombre en el ventanal del hospital tenía cierto parecido con aquel de la fotografía del periódico, la única que disponía. No era concluyente, pero la semejanza con El Fantasma le conformó. Algo barrigón, casi sin cabellos y una parada muy especial, sacando más estómago que pecho.

A la segunda, Zapata regresó más pertrechado. Debió gastar una fortuna en euros para adquirir una cámara Canon con un lente 80-300 pero el aparato pagó con creces la inversión desde un primer momento. El fiscal se atiborró de fotografías en un nítido primer plano de, confirmado, Esteban Sánchez Durand. Ahora no cabía dudas de que aquel era su objetivo, aquella la ventana de su oficina y la mujer madura, que pasó con él un par de noches, no podía ser otra que Rosario, la argentina.

De la tercera a quinta jornadas, Zapata llenó la memoria de su Canon —e incurrió en nuevos gastos: un cable para bajar las imágenes a su laptop y una tarjeta de memoria de 500 megas. Amplió también las vituallas: la segunda noche se repantigó en el asiento comiendo una bocata; a la tercera incorporó jamón serrano con pan negro y Estrella Damm; durante la cuarta dio cuenta de una abudante ración de tapas. Para la quinta la improvisada mesa del asiento del acompañante recibió tortilla, piquillos, anchoas y chorizo pan y una botella de un Rioja joven, que bebió completa en un vasito de plástico.

Debió recordarse las palabras de sus fiscales —disfrutar Madrid— cada vez que en El Corte Inglés se cuestionaba la posibilidad del gasto de esas vituallas. Podría haberse conformado con un pequeño supermercado, pero le costó dar con uno y tenía una tienda a pocos pasos de su casa. Así era que repitiéndose la orden —disfrutar Madrid, disfrutar Madrid— hasta la negación total finalmente se entregaba a esos pequeños placeres de sibarita.

Al final de cuentas, sería la única vez en mucho tiempo que podría visitar la ciudad. Incluso, si el tiempo y el dinero le alcanzasen, quizás hasta sería conveniente que tirase de oportunidad y viajase a Toledo y Segovia. O a Barcelona. O a Bilbao, para conocer el Guggenheim, sobre el que había leído algo una vez en La Revista de La Nación. Tenía confianza: si tras esas fotografías ya sabía que El Fantasma estaba a tiro, nada más necesitaba cercarlo, atemorizarlo con la proximidad de la justicia en su nuca, y ya. Sería cuestión de horas obtener un recurso para que jueces argentinos y españoles acordaran la extradición del criminal.

Entonces sí, el mérito legitimaría. ¿Quién le cuestionaría que se tomase unos días de paseo si su empeño había permitido cerrar una causa —otra más— del oscuro pasado argentino, aun abierto y purulento? Era un hombre serio que vivía con poco. Su frugalidad personal y profesional jamás habían deparado inconvenientes o malentendidos con jefes, medios y colegas. Un fiscal argentino, un sujeto gris, un tipo sin más esperanza que un trabajo mal pago y sin otra expectativa que una idea vaporosa de hacer justicia también merecía goces, qué tanto.

En aquellas tres noches, Zapata completó una lista corta de personajes. Reconoció a Fernández y coligió de inmediato que su relación con El Fantasma no era cordial. Las tomas de las dos ocasiones en que el joven pasó por el despacho revelaban escenas de discusión. Había una ofensa en el médico joven pues era él quien teatralizaba las quejas. El Fantasma se limitaba a apostillar, sentado en lo que podía ser un sofá, dado que sólo se veía su nuca asomada a un costado del ventanal.

Las noches más estrambóticas fueron la cuarta, quinta y sexta. De las tres participó una misma mujer, una jovencita de cabellos café y boca agresiva que vestía lo que parecía un típico uniforme de enfermera, aunque no llevaba sobre la cabeza la cofia de Florence Nightingale. En dos de ellas estuvo también la argentina, aunque El Fantasma la recibía siempre varias horas después de que la muchacha dejaba su oficina.

En un primer momento, Zapata sintió vergüenza y una activa aprensión moral que le apretó la boca del estómago. No obstante, se repitió que hacía aquello por el bien de la República Argentina, la salud democrática de la nación y para cumplir con la demanda silenciosa de justicia de las grandes mayorías populares, así que tragó salida y se borró esa idea de la mente.

Lo que afectaba al pundonor del fiscal al punto de llevarlo al resuello era la visión de los cuerpos desnudos de El Fantasma y la jovencita teniendo sexo con brutalidad de salvajes, con las luces encendidas y, para más, las ventanas abiertas. Al primer avistamiento, más afectado por la sorpresa que por el morbo, Zapata perdió los nervios y disparó una sucesión indeterminada de fotografías.

Debió dejar de mirar, bajar el vidrio del auto y respirar como tragando agua para recuperar la calma. Cuando regresó a ellos, ya resuelta la turbación de ánimo, la caravana de imágenes continuó pero ya con el corazón del fiscal acompasando el ritmo del pubis de El Fantasma y la muchacha. Recién se calmó a la hora, cuando debió dejar de disparar para vaciar la tarjeta de memoria, pero recuperó el rutuntún nada más poner el ojo tras el teleobjetivo.

Dos noches pasó Zapata así, conteniendo el aire, evitando la congoja ética y gatillando como turista japonés. A la tercera, sintiéndose casi integrado en los revolcones del médico —¿cómo podía tener tanta energía a esa edad y hacer durar tanto cada relación?—, dejó la cámara unos segundos y se decidió a ser atento consigo mismo. Como cuando siguió a la gatubélica Pfeiffer, se ahogó solo, en un espasmo seco, cubriéndose el final con un sweater que había comprado para Orso y que había llevado bajo la previsión de que refresque, confiado en que nada malo podría sucederle a la prenda.

Después se quedó con la frente apoyada sobre el volante, la mitad del tiempo esperando que la locomotora de sus venas se detuviera y la otra mitad atiborrado por una culpa amarga. Sentía una derrota personal, la humillante evidencia de que era un hombre solo, que su vida no era sino una persecución interminable de un espíritu, ruin y deshonrado por su propia mano. Todo en una ciudad viva en plena madrugada, una urbe que era como un cuerpo vibrante y joven, exaltada.

A la sexta noche, cuando El Fantasma se enredó con la mujer mayor, Zapata puso OFF en su Canon y evitó mirar cuanto ocurría sobre su cabeza. ¿Era, acaso, un advenedizo en un territorio donde el planeta entero parecía vivir en una orgía fantástica? La única oportunidad en que dirigió elevar la vista, ya transcurrida una larga hora, creyó ver a la argentina mirando hacia su auto. Luego llegó El Fantasma, que también pareció dirigir la vista hacia el Seat. El corazón se le aceleró. Instintivamente se miró hacia el bulto del pantalón, como si ambos, a varios metros en el cielo, pudieran notar su culpa erecta. Debía dormir un poco. Llevaba demasiado tiempo jugando a Sérpico.

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viernes 28 de noviembre de 2008

La sumisión del amo

CAPITULO 19

La vida del fumador no es gratuita, dijo Casillas, como para concluir. Charo apenas si lo escuchó. La sometía la intriga. ¿Qué hacía ese auto allí fuera? ¿Qué hay de su ocupante? Nada de lo que ocurria dentro le importaba ya. Se había ido como lo hacía Casillas. Un atajo fuera del mundo. No le afectaba el humo rancio del cigarrillo pegado a la ropa y al pelo después de sudar los cuerpos. Había pasado del alcohol, el pasado y el presente y la desconfianza. Nada podía esperar de ese hombre desnudo en el sofá así que se dejó ir por la ventana, por aquel auto y el otro hombre.

Casillas recibió a la mujer al final de la tarde un par de horas con la frenética enfermera del pasillo. Tenía la esperanza de darse con Charo y no con La Loca Estela y le puso de buen humor que quien traspusiese la puerta fuera su ex mujer, algo sonriente, sin languidez alguna. También le gustó otra cosa, más personal: saberse aun con suficientes restos de la pastillita azul en el cuerpo. La enfermera le había succionado combustible pero tenía depósito aun. Lo sentía en los dedos, jugueteando con las manos en los bolsillos, y había resuelto que, visto el buen ánimo de su ex, agotaría toda existencia con Charo. Procuraría gastar esa energía en medio de la larga conversación que sobrevendría y que sería cortada por algunos silencios y muchos trastos rotos ya bien entrada la madrugada.

Bien pensado, el encuentro de Charo y el director del hospital comprendió tres extensos actos y dos intervalos. La conversación inicial fue anodina y predispuso a ambos a un intenso encuentro sexual. Charo quería contarle que se sentía bien sin tantos medicamentos y que por primera vez en mucho tiempo había pasado varios días sin el cerebro entumecido. Su charla carecía de otras razones. No había golpeado la puerta del despacho animada por la revancha o el odio. Quizás sí por el despecho de saber que Casillas pasaba ahora bastante más tiempo con la enfermera del pasillo que con ella. Pero no sabía eso cuando entró. En ese momento, sólo quería pasar un rato con alguien, conversar de nada. No podía hacerlo con Fernández y Casillas estaba en el hospital todavía después de la cena.

A Casillas la conversación le valía un bledo. Mientras su ex mujer hablaba de cangrejos inmortales y ángeles sexuados, le recorría el cuerpo con la mirada y conservaba las manos en los bolsillos franeleándose. Auxiliado por un torrente sanguíneo ferviente de sildenafil, no tardaría en excitarse y una vez puesto, se plantaría frente a Charo, que seguía hablando. Le tomaría un segundo bajarse los pantalones hasta los tobillos y otro llevarse la mano a la entrepierna para ofrecerla llena con sus partes privadísimas a la mujer. Era una grosería de camionero pero Charo no dijo nada: cerró el pico y lo miró a los ojos. Después clavó la vista otra vez en el pubis oreado del médico y movió la cabeza. El valor de la experiencia y el conocimiento mutuo: Casillas supo que debía dar un par de saltitos de conejo hacia ella.

El encuentro fue fructífero pero no evitó la confrontación posterior. Repentinamente asaltada por celos o estupidez o quizás contrariada por su cerebro, que no tenía los químicos adecuados para balancear sus reacciones, Charo tiró todo por la borda: quiso saber sobre Verónica, la enfermera. Casillas reaccionó agresivamente. No debía meterse en sus cosas como él evitaba participar de las suyas, dijo, pero el intento no anuló el interés de la mujer, que insistió. Una y otra vez ella iba por explicaciones, una y otra vez hallaba la negativa del director como única respuesta.

No te pido aclaraciones, no te pido que la dejes ver, no quiero saber si la amás o si es otra de tus aventuras —decía Charo—. Sólo quiero saber una cosa, Casillas, una sola: ¿qué hacés con ella?

En otras circunstancias, el médico hubiera detallado sus morbosos entretelones físicos con la torneada enfermera pero eso solía ser cuando reconocía a La Loca Estela y no a Charo frente a sí. No era eso ahora: Charo no había tomado la medicación del hospital en una semana y su cerebro estaba limpio de todo maltrato. Él, además, había atravesado varios días de profundo autoconocimiento —así lo llamaba— y no quería involucrarse en taras que revolvieran su paz interior.

Finalmente, las negativas sistemáticas de Casillas acabaron envalentonando a Charo, que se la tomó por el lado del desespero. Ahora fue ella quien acorraló físicamente al médico, empujándolo contra una pared del despacho, repitiendo incesamente, como un mantra, ahora vas a ver quién soy, vas a ver quién soy, vas a ver... Por las venas del médico aun corrían los últimos rastros químicos enervantes de la pildorita azul y Casillas no se amilanó: le costaba decir que no a las feromonas activas. En su plan por validarse, Charo se le ofreció plena y sin recato alguno lo convocó a hacer con ella cuanto quisiera. Casillas, por supuesto, lo hizo.

La mujer se supo siempre perdedora en la comparación de las carnes —la carne corrompida contra la carne joven— pero a lo largo de la cabalgata a la que se sometieron los dos cuerpos viejos también reconoció en el otro los guiños positivos. El deleite por el territorio conocido, por el entendimiento mutuo silencioso entre dos cuerpos. Allí ganó a Verónica toda una partida que ella jamás podría disputar, pero tampoco le sirvió de mucho. Con el último grito de placer agónico el llanto se desaforó de los ojos de Charo y la furia le cegó la razón. El rapto lunático hizo que la oficina del director terminase patas arria por enésima vez con los libros deshojados, el perchero partido al medio, el sofá con los intestinos fuera y las lámparas convertidas en metal retorcido.

Casillas dejó que la beligerancia de Charo se agotase por si sola, como se acaban las baterías de los juguetes. Cuando ello ocurrió, como en un pasado demasiado pretérito, como si no hubiera jamás existido distancia, engaño y desengaño entre el médico y la traductora, abrazó a la mujer como un hombre a su hija y se balanceó desnudo con ella, ambos acurrucados en el piso, dejando que el llanto de la hembra mude a hipo breve y concluya con una nariz expulsando mocos con sonoridad.

Entonces comenzó el tercer acto.


CASILLAS

CHARO

Creo que es mejor no vernos más.



Silencio. Se escuchan las agujas del reloj de pared, maltrecho en el piso, marcando el compás.

¿Me...

Te escuché. No hace falta repetirlo.


Charo responde malhumorada y se aleja del cuerpo de Casillas. Recoge su ropa repartida por toda la oficina y comienza a vestirse con movimientos toscos.

Lo digo de corazón, Charo.



Charo se planta frente a la ventana abotonándose la camisa.

De veras, yo...



Callate.

Casillas se sienta en el sofá. Una línea profunda le recorre la frente. Está desnudo y el sexo todavía erecto sobresale entre sus piernas.


Tendrías que irte de este hospital porque no estás...



Callate, Casillas.

...no estás enferma. No sé qué haces...



Hijo de remil puta: callate.

Casillas esta vez obedece. Mete la cabeza entre los hombros. Respira. Busca una idea: una que convenza a Charo de que le habla honestamente, de que desea verla bien. Por un instante, siente que debe abandonar su poltrona del todopoderoso. Entregar el cetro, bajar al llano. Encarnar la sumisión del amo: perpetuar el dominio convenciendo al otro de que es libre.



Charo ha acabado de vestirse. Mira por la ventana otra vez. Le llama la atención algo: un auto con alguien dentro. Es el mismo que vio estacionado en su rutinario paseo por los pasillos del hospital. Y anteayer. Y toda la semana. Es un Seat rojo. Siempre con el conductor en su lugar. Está a punto de decirle algo a Casillas pero lo ve demasiado concentrado en nada.

Casillas mira a Charo perdida en la lontananza, fugándose del cuarto por la ventana y se dice que quizás sea el momento de reparar las cosas con ella, de portarse mejor, de pedir disculpas. Enciende otro cigarrillo, uno más. Está a punto de decirle algo pero la ve demasiado concentrada en nada.


Finalmente, ambos hablan al mismo tiempo.

¿Sabías...?

¿Por qué no...?

Tú primero...

Vos, dale...

No, mejor...

Insisto, por favor.

¿Sabías...?

¿Por qué no...?

Finalmente, Casillas levanta la mano para detener la conversación. Se apoya el dedo en el labio. Charo entiende: es mejor callarse ambos. Entonces él le cede la palabra con un ademán, fingiendo ser un caballero que da el paso a una dama después de posar su capa en el charco de la esquina.


¿Por qué no dejás el cigarrillo, Casillas?Tenés que dejar el cigarrillo. Hace mal el cigarrilo

Casillas ahora se cuestiona si debió ceder el orden sólo para escuchar tan insoportable perorata liviana. Mujeres.

Charo lo mira expectante.

No molestes.


Dice él, afectado.

Ella da media vuelta y vuelve al exterior. El auto sigue allí. ¿Qué hace? ¿Quién es? Día y noche. Y ya es bien entrada la madrugada. ¿Será un familiar? ¿Otro loco que no se anima a entrar? ¿Otro como ella que, sin participar del desquicio, lo medita? ¿Será conveniente llamar a la policía?


Hacé lo que quieras.

Casillas toma una larga bocanada y lanza cinco o seis aros de humo. La luz se inunda de volutas.


¿Sabes? Hace unos días, pensando un poco, descubrí que estoy solo.



Charo, en la ventana, con los brazos cruzados:


Todos lo estamos.

Casillas manotea el calzoncillo; su pene ya está flácido. Se viste despacio, masticando palabras mientras se calza los interiores y los calcetines.

Vagabundas, querés decir, interrumpe ella.

Sí, pero yo no lo tenía muy claro. ¿Sabías que soy un solipsista?



Charo ni responde.

Pues soy un solipsista. Y he hallado, en esa soledad del yo mismo, que también soy...


Extrema la pausa, suspendiendo en el aire el sentido.


...magnánimo.

Charo ahora mira a su ex pareja. Tiene los pelos revueltos y apenas ha terminado de subirse el calzoncillo a la mitad de los pies pero tiene las medias puestas. Todo el volumen del estómago le cae cubriéndole el pubis. Su pene se ha extraviado. Casillas no parece notar que lo observa con tanta detención; está absorto en sus ideas. Charo sabe que ahora vendrá una estupidez. Apuesta. Acierta: viene.

Y en ese estado superior del alma, digamos, también comprendí, profundamente, qué es la compasión.



El auto sigue allí. Pero, entonces, ¿qué...? Y Casillas, sigue aquí. Con otra nueva tontería. El auto y casillas; todo junto.


(El tiempo y la realidad son invariables, Rosario, se dice. Convencete, mi querida, perdiste tu vida. Se te escurrió por los dedos. Como arena, como el color de tu casa de Baires. Como los recuerdos de Casillas. Arena: el polvo más invariable, hacia donde va toda tierra fértil. Un desierto del alma, así estás Rosarito, termina.)

Casillas ha seguido monologando.


...y por compasión, que no por otra cosa, o sí, pero ¿acaso importa?, por compasión, digo, he resuelto liberar alguna gente. Quiero decir: dejarlos ir, que abandonen el hospital. Expediente limpio: están curados. Firmado: yo. Pues bien, entre ellos, entre esas personas que por compasión dejaré ir por la vida, estás tú, mi querida Charo. ¿Qué piensas?

Charo se vuelve un instante. Pescó las palabras de Casillas con el lóbulo de la oreja y tardó un instante en procesarlas. ¿Liberar gente? ¿Qué pensaba? No pensaba nada. No se iría de allí. Aun tenía por hacer. Casillas no se libraría de ella. No por compasión, por supuesto. O por lo que suponía lo que era ese sentimiento.


¿Has mirado fuera en estos días?

Casillas no sabe de qué le habla.


¿Acaso no me escuchaste?

Charo responde cortante; está urgida por otro tema no por la supuesta magnanimidad de Casillas.


Sí. No pienso nada de nada. Hacé lo que quieras con ellos, pero yo no me voy. De nuevo: ¿viste afuera?

Casillas quiere enfadarse. ¿Por qué no le presta atención cuando todo cuanto desea es hacer el bien? Ok, le responderá, pero luego le demandará que le escuche. Empezando por hacerle saber su molestia con tanta insistencia por el cigarro, joder.


¿Qué hay afuera?, dice, y cada palabra transporta agobio.

Un auto. Y un tipo. Han estado ahí toda la semana.

Casillas se intriga. No lo vio, pero tampoco debiera haber un auto allí. El guardia tendría que haberlo hecho circular de inmediato. Va hasta la ventana.


Es un auto. No importa. Ahora déjame decirte algo: quiero hacer cosas importantes. Cambiar alguna vida. No sé cómo. Quisiera empezar por la tuya. ¿Lo aceptas? Quiero dejar algo, un legado. Me moriré pronto, Charo. La vida del fumador no es gratuita.



Charo lo mira sin verlo. ¿Qué hace aquel auto allí?


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jueves 13 de noviembre de 2008

Yo y el Cuarto de los Trastos

CAPITULO 18

“Ah, la felicidad busca la luz, por eso juzgamos que el mundo es alegre; pero el dolor se esconde en la soledad, por eso juzgamos que el dolor no existe.”

Herman Melville, “Bartleby, el escribiente”

El castigo, para ser, precisa de la culpa del castigado. Si yo no internalizo la culpa no siento el castigo como tal. Será como si, por hablar de mí, enviasen a un hombre realizado al rincón de la clase de cinco años. Una burla burlable. Sí-sí, ya la cumplo, señorita. Y hasta luego.

Pero hay algo peor para el castigo, y es que yo niegue que alguien pueda, alguna vez, castigarme. Porque para que exista esa posibilidad primero debe existir alguien. Alguien más que aquel que alguna vez fue llamado Casillas. Puesto de otro modo, desde hace tiempo yo creo que nada más yo existo.

Como el par castigo/culpa, ser solipsista exige la disciplina que yo aprecio. Conocerse a sí mismo, bien sabido es, puede tomar toda una vida. Podemos irnos de ella debiendo materias. No sostendré la vacuidad de que llegaré al final de mi vida, que será en breve, conociéndome a plenitud. Es muy probable que sólo sepa quién no soy pero esa leve enciclopedia de mí ya será algo.

Soy radical. Soy difícil —saben lo que dice la gente de los ánimos bravos. Soy muy inteligente. Soy empático, simpático y apático. He inventado mi yo a medida y un personaje que me suceda. Me divierte más insinuar que revelar. Me gustan las corbatas y los autos caros. Someto a las mujeres, a los locos, a mis subordinados y a todo quien se deje someter.

No tengo que decirlo: no tengo culpas. Sé que pienso y existo. Pero, ¿existe alguien más? ¿Hay algo más? Cuanto veo es una representación. No sé de mesas sino de un objeto que dicen que es una mesa. Los perros no ladran: lo hace mi idea del ladrido de ese ¿animal? ¿Qué es un animal? ¿Qué dicen las palabras de qué?

He descubierto en estos días que todo cuanto he perdido no es tal. No hay nada. No he hecho nada. Lo único que tengo son memorias olvidadas. Enlaces químicos sin funcionamiento correcto. Pero hace una semana di con una mezcla de medicamentos que, por un lapso de tiempo impreciso, me abrieron la puerta a ese cuarto oscuro donde apilo el pasado. Allí estaba yo y me saludé a mi mismo. Conversamos muy amablemente. Yo tomé nota de lo que me decía y yo me respondí a mí todo cuanto quise saber sobre yo y sobre mí.

Cuando el efecto de esa poción mágica acabó retorné a la normalidad en el mejor de los ánimos. Sin resaca fisiológica ni moral. Esto es lo mejor de todo: no hubo culpa por saber lo que sabía otra vez. Y no hay culpa porque no hay quien me castigue si sólo yo existo. Y desde que no tengo moral, pues...

He tomado algunas decisiones desde entonces. Reduciré los estados mentales del yo que son los demás a unas pocas ideas de personas. Me quedaré con Fernández, Charo o Estela, la enfermera, un par de médicos y enfermeros y algunos chiflados. Al personal de esa ¿construcción que se llama edificio y denominamos hospital? los despediré. A las representaciones que —para hacer manejable su denominación— llamamos pacientes las liberaré de buena fe.

La idea de Fernández me ha dicho (he pensado) que vienen a vernos una idea de auditores de la idea del Ministerio de Salud para monitorear los progresos de mis investigaciones sobre locura y autorepresión. Pues que vengan: los resultados que mostraré a esas ideas de auditores revelarán que he hecho progresos incuestionables para devolver a esas ideas de personas a la idea de sociedad. Si no les place, qué lástima. Los borraré de mi memoria y dejarán de existir.

¿Acaso me creo dios? Sabía que me lo preguntaría. Cuando hablé en el cuarto de los trastos —así llamaré a ese pequeño espacio de mí donde estoy yo: El Cuarto de los Trastos— conmigo mismo fui elocuente y sabio: yo soy dios, me dije y yo lo acepté. Creo la realidad que existe. Por ende, esa realidad —ese invento, esa idea— es nada más comprensible a través de mi yo. Sólo Casillas es tangible; lo demás, aire. No hay otra verdad que la realidad —¿adónde escuché eso?— y no hay más realidad objetiva que mi propia subjetividad.

Llamen a Descartes, díganle que está despedido.

***

Una de las cosas que descubrí hablando conmigo mismo me la reveló yo: el por qué de mi colección de corbatas. Ese es mi Recuerdo Número 9 del Cuarto de los Trastos: por qué tengo una colección de corbatas Hermés, Charvet y Marinella y una —nada más una— de Turnbull & Assser.

No hay explicación especial para eso: las compro porque me gusta vestir bien. Me agrada plancharlas sobre mi vientre y sentir la suavidad de las telas. Es como acariciar cierto tipo de gusano o una alfombra. Me gustan sus colores: soy muy pálido y me avivan la expresión. (En esto coinciden Charo, mis ex amantes hombres, mujeres y menores de edad y la bestia sexual de la enfermera del pasillo... ¿Verónica-sin-cara-de-Verónica?)

Uno tiende a creer que las ideas que pierde guardan alguna connotación especial. En el caso de mi colección de corbatas es la vanidad. En 28 Place Vendome se respira la historia de Charvet, se huelen las quejas de Napoleón a su sastre, las de los Windsor a los pajes. Hermés soy yo: previsibilidad. El mismo ancho de por vida, los mismos cuatro cinco colores, las mismas anclas y cadenas.

Sí, podría haber elegido a Brioni pero no se pertenece al club naval y al aeronáutico. Se deben elegir corbatas como se eligen bandos y veredas. Y una vez en Hermés no podía volverme italiano o colgarme a Richel del cuello. Apenas me ha quedado espacio para decidir cuáles de las 3.500 telas de Eugenio Marinella saldrá de la Piazza Vittoria, recorrerá la Riviera di Chaia y llegará a Salamanca —¿Salamanca?— a cubrir mis botones.

Así ha sido siempre, desde que mi padre me regaló mi primera Charvet. Pero entonces Charo. Su último regalo, el último día juntos, antes de nuestra separación, antes de su regreso intempestivo convertida en esa idea de mujer sin desquicio potable de La Loca Estela. Charo es Turnbull & Asser.

***

Ser silopsista es admitirse silogista. Disfruto enredar a mi idea de los otros en discusiones interminables, esgrimas verbales de Moebïus. Al final, uno mismo se vuelve indemostrable e irrebatible. No ya sus palabras, su propio diálogo personal. Uno es un medium. El puente platónico del mundo sensible al mundo ideal. Ser, con o sin pensar/se.

Cuanto pienso de mi mismo, digo hoy, cuando hago de mí, cuanto soy, va en autopista al Cuarto de los Trastos. Que le llame cuarto adonde duerme mi yo no es casual; es alegóricamente cavernario.

Podemos engañarnos todo el tiempo. Podemos hacernos prisioneros a voluntad. (Puedo hacerme prisionero a voluntad y lo he hecho, relegando mi yo al Cuarto de los Trastos.) Mis hilos no son sino cadenas inmovilizantes al pasado, a lo que no veo. A las representaciones de mí y los demás, del mundo sensible. Tiro de esos hilos como Platón tiraba sombras al fuego para que se reflejen al fondo de la cueva recorriendo, quizás, el pasillo más lúgrube de la historia humana. El pasillo que define lo real y lo supuesto, el puente sensible/ideal.

Yo, Segismundo posible en un mundo que es una gran pregunta. Yo, genio maligno, final de toda duda metódica. Yo, hijo de un dios tan humano, mi yo del Cuarto de los Trastos, que me confunde y engaña. Monarcha Solipsorum. Yo, que miro y no creo. ¿Es posible encontrar algo verdadero? ¿Es uno igual a uno y cinco la suma de dos y tres? La vida, sí y siempre sí, es sueño.

***

71 Jermyn Street. Charo entró allí sin saber y salió convertida, explicó, en experta en corbatas. Las personas pueden creer cualquier cosa si se convencen lo suficiente. Y ella también creyó que tres trozos de seda cosidos a mano me harían Churchill, Charles y Bond.

Tuvo su costado bueno: en los días anteriores a su viaje me desnudaba sistemáticamente jugando con las manos, como marcando cuartas con los dedos desde el cuello a la curva final de la barriga. Eso me excitaba y así nos conejéabamos seguido. Lo que hacía, en verdad, era tomarme medidas para pedir una corbata taylor made en Turnbull & Asser.

El regalo no estuvo mal. Fondo rojo, pintas redondas negras. La ocasión, sí. La corbata vino empaquetada en papel oro con una nota. “No me busques”, decía, y me hizo recordar a todas las mujeres del cine —las mujeres austerianas— perdidas de propia mano. Creí que era un juego más, otra de sus fugas estúpidas que siempre acababan en el regreso a casa por culpa o por mi convencimiento.

Pero esta vez fue la última. Esta vez fue abrir la caja, tomando una copa en las terrazas de Alcalá, apagando el calor de junio y entreteniendo al monstruo con un bocata, y la puta sorpresa de ver pasar a una mujer idéntica a Charo dándome la espalda, con los ojos fijos al frente, eligiendo hipotéticamente por A o por B, donde A es el paseo del Salón del Estanque y B es el distante Duque Fernán Núñez. Y luego verla girar, unos metros más adelante, y llamar al pequeño que se le demoraba, que si seguía con sus berrinches no le traería más al Retiro.

Y entonces los hilos: Retiro → Buenos Aires. Retiro ↔ abandono. Retiro → mujer ↔ fuga → Charo ↔ no es Charo ↔ la idea de Charo. Retiro ↔ Madrid → Charo → Turbull & Asser → manos en cuartas, regalo, desaparición.

Y cortas el hilo. Cierras la puerta del Cuarto de los Trastos y le gritas por la mirilla a yo que no se burle así de mí.

Si mi colección de corbatas es Recuerdo Número 9 del Cuarto de los Trastos, Turbull & Asser lleva al Recuerdo Número 8, a aquel Madrid, ese verano soleado, a mitad de año. A la Charo que no fue.

***

La idea es el control. Entre yo y el mundo hay una arbitrariedad: el lenguaje. No puedo más que designar cuanto se presenta con una panoplia de palabras. Un diccionario de significados, un límite. Y mi yo es ilimitado, como dios.

Sueño de Brahma, hijo de un dios dormido que abrirá los ojos y vaciará el mundo, hice siempre cuanto quise por un mundo que construí con mi yo del Cuarto de los Trastos. Un Horton en un Seuss a la espera de su muerte.

Me lo he preguntado incesantemente: a los 63 años, cuando finalmente decida morir, ¿se acabará todo? ¿Desaparecerá el mundo tras mi yo y mi mí? Siendo que no he fallecido no podría refutar la idea pero tampoco podría hacerlo al momento de la terminación. ¿Cómo atestiguarlo sin el único testigo posible? La muerte no existe, sino que es otra idea. Los crímenes son producto de la imaginación.

Eso pienso, creo e hice cuando joven y cuando viejo. Sin moral ni dolor, así sienta algo físico que llamaría la idea del dolor, una definición de cierta afectación que en apariencia es molesta pero podría no serlo. (El dolor es una definición condicionada, otro límite.) Mi ley karmática es evitar esas fronteras pues, curiosamente, no deseo aburrirme. Un solipsista puede negar todo por el sencillo hecho de que se le da la real gana.

Si hablo, si pienso, si hago, si hablo con mis ideas de Fernández, Charo, la enfermera Verónica es por mi propio desencuentro íntimo. Por haberle echado cerrojo a mi yo del Cuarto de los Trastes. Mi mente inconsciente elige crear su realismo de subterfugios. Me lo repetiré: una vez saldados mis 10 Recuerdos 10, moriré. Dejaré de pensar. Porque ya no necesito hablar con nadie más. Habré hallado todas mis respuestas. La historia de la humanidad se reduce a mi persona. ¿Para qué postergar su fin cuando ya sabré quién soy u qué hago? ¿Qué más queda por hacer después del absoluto? ¿El libre albedrío de nada?

La vigilia (no) es un sueño eterno.

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Agradecimientos › Soboro/Parsimonia (ESP), Ana Lía Weiller (ARG), Machuca La Ruca (MEX) y Marion Getz (USA).

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viernes 31 de octubre de 2008

El implacable aroma de la naranja

LA VIGILIA - CAPITULO 17

Esta es mi toma número dos. “Toma II”, le puse.

Como a la primera, la grabo en video. Me paro frente al espejo y hablo.

Casillas dice que él también lo hace. Le ayuda a concentrarse.

¿Pero de qué hablo hoy?

Mejor, stop y vuelvo.

***

Yo, a la palabra “flipar” llevo utilizándola una torta de años. Lo mismo que echar un polvo. Pero cuando escucho a Casillas, español de esta tierra, hablar de gilipolleces en argentino, mi madre. Hay que ser cojonudo.

El tipo se cree muy guay, jolines. Que ya ni es la rula de anfeta y speed ni que se le pase dándose el rulo. A Casillas ya no le calma nada. Ni un el canuto ni la trompeta.

Bueno, sí, algo: la última semana se la ha pasado bastante limpio. Huele naranjas todo el santo día.

No es que las coma y luego repase las cáscaras por la nariz. Huele la naranja. Sin abrir.

La hace girar en la mano mientras camina por los pasillos. Camina lentamente y mira. Camina, gira la naranja, huele, mira. Camina, gira, huele, mira. Y dale que va: interminable. Como si el aroma le transportara.

Porque eso sí, todo es igual que siempre. Está tan ajeno y galáctico como nunca, sin escuchar a tirios ni troyanos. Creo que ni el griterío de los locos le llama la atención.

Algo le ocurre. Han de ser las naranjas.

***

Ha habido una protesta de los médicos, sin ir más lejos. Antes las cortaba a los gritos. O a los golpes, como cuando le rompió una silla en la espalda al anestesista.

Ahora los médicos poco más y le gritan en la cara que no les presta atención, que esto no es administrar.

Y él, nada. Naranja.

Cuando le pregunté qué hacía, me respondió: “Estoy seducido por un implacable aroma, Fernández”. ¿Todo eso puede una naranja, coño?

Los médicos le han dicho que tiene que escuchar sus reclamos por más insumos. Basura: así enmascaran que quieren píldoras para reventar a los internados y a ellos mismos.

Hay un par que de tan volados se creen herederos naturales de Casillas. Ni en sueños.

Vamos, que aquí no somos todos compis ni chavalines, precisamente. Aquí todo mundo quiere su lugar. Merecido o no.

Y en mi caso es puro merecimiento. He hecho lo debido e indebido. Torcí la espalda. Diluí toda frontera subjetiva. No me queda moral en el depósito; apenas interés.

Ahora bien, Casillas sabe que me debe. Me debe. Lo que hice por él —el encubrimiento— excede mi infortunio —la complicidad.

Es un pacto de caballeros y los pactos de caballeros deben respetarse. Él dijo que entregaría los papeles. Yo que nunca hablaría. Conveniencia mutua.

Pero no puedo esperar a su muerte. Demasiado tiempo. Mi vida se vuelve damocliana, cada año pendiente de que el cabello se corte.

Nada de negociación: los papeles, ahora. Volveremos a conversarlo. O no me contará en las próximas preparaciones. Qué nombre ese. ¿Qué prepara? Desmenuza gente.

Un día de estos algún loquillo se nos pierde, que te lo aseguro. Se nos va a ir uno. Temo que sea cuando la rula se le pase. No se detiene.

No es que pierda la cabeza: no la tiene. Cómo puede ser tan mecánico y frío, quién sabe. Pero les hace de todo sin un gesto. Como si fuera una máquina. Dos máquinas. Él y ellos: Casillas aprieta un botón; el loco reacciona. Causa y efecto.

***

Vuelvo atrás: su muerte. No puede saber cuándo va a morir. Si todos supiéramos, esto sería una fiesta o angustia viva. O nos lanzamos a disfrutar y echarnos polvos a mansalva o nos encerramos como el tío de la peli de Pink Floyd. ¿Cómo se llamaba?

Por una u otra razón, si sabes cuándo mueres, acabas loco. Si no siempre, en algún minuto tomas conciencia de que se acaba el tiempo.

Joder, ahora que lo pienso, ¿Casillas no creerá estar en esa carrera? ¿Por todo eso hará esto?

No: él dice que es investigación. Su contribución al avance de la ciencia. Así lo dice: contribución al avance de la ciencia. No niego que tiene lo suyo. Allí están sus papeles, con todas sus anotaciones puntillosamente ordenadas.

Cómo puede con tanta pasta encima es un enigma pero cada nota siempre resulta en un apunte lógico. Y administrativamente burocrático, pues allí estamos todos. Yo. Los cirujanos. Los enfermeros. Cada quien con nombre y apellido, función, tarea desempeñada, cuerpo preparado.

Sí, cuerpo preparado. Aquí nadie es persona.

***

Definitivamente, debemos asegurar ese material. Casillas comete un error de empastillado y perdemos todo.

Hablaré con él. Oh, y le mostraré esto. Quizá sea algo que sirva; quizá le cambie el semblante. Qué idea: ¿y si se lo muestro mientras prepara? Quizás reaccione.

Ver su vulnerabilidad. Buen punto.

¿Que quién me envió esto? Me temo que es La Loca Estela. Su Charo. Porque sigue siendo suya, a pesar de mis... En fin.

Yo no me creo que esta tía ande así como así por aquí. No hay loco cuerdo: los chiflados no se encierran a voluntad. Con ella hay gato encerrado. Veremos.

Mientras, sí, esto puede funcionar. Sí, ya digo: es un recorte de periódico. Lo pasaron por debajo de la puerta de casa.

Es de El País. Dice que los argentinos buscan a tíos de la dictadura que se cargaban gente. Que pagan por ello. Quién sabe.

***

No, no aparece el nombre de Casillas. ¿Serán amigos suyos? Puede ser. Veremos qué le pasa.

El recorte venía con un Post it, por eso pienso usarlo. Escrito a mano. En argentino: “Mostráselo a tu director”.

¡Que es muéstraselo, coño! No sé de qué sirvieron años de enseñarles para que destrocen el idioma. Esta gente ya ni habla bien.

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jueves 23 de octubre de 2008

La caja de Marlboro en el tarro de basura

CAPITULO 16

Mis profundos conocimientos de medicina, física y química, psicología social y hasta termodinámica me permiten concluir, fehacientemente, que la humanidad es estúpida. Y es probable que uno de sus exponentes más necios sea la señora que vendía cigarros a la vuelta de la casa que ocupé con Charo durante nuestra breve estadía en Ciudad de México. La mujer se llamaba Susana y era una india oaxaqueña. Sesenta y tantos años, clásica trenza, vestido multicolor, voz-que-pedía-disculpas y mirada de cachorro. No le faltaban artilugios para destruir cínicos.

Quién sabe qué fuera en el pasado. Venía de un pueblo inundado por una presa. Su familia vivía en el valle y les dieron a elegir: se iban antes del agua o con ella. Ni indemnizaciones ni conmiseración. Empaquen y lárguense. Susana se montó en una mula con el hermano y la madre. Detrás de las huellas de la bestia quedó un plantío pequeño de naranjas boludas que se tragó el embalse.

Apenas llegó a Ciudad de México, la fortuna y el buen carácter le granjearon prontos empleos en casas de familia haciendo la limpieza. Era buena cocinera y al tiempo sumó ingresos extras abriendo una fondita familiar en la Colonia Doctores. A la tarde regresaba a mi zona y montaba la mesita a la vuelta de casa. En el puestito vendía caramelos y dulces, chicles, paletas enchiladas y cigarros. Yo compraba Marlboro. Sueltos. No había otra cosa que a mí me pudiera interesar.

A veces me tomaba a la desesperada, necesitado de fumarme no uno sino dos o tres de un tirón y se los quitaba a golpe de mano. Pero mi ambición tenía límites. Una tarde que llovía y volvía de almorzar callos en el DO tuve un ataque de ansiedad. Necesitaba, con una imperiosidad de adicto, meterme unos cigarros por las fauces.

Hallé a Susana a punto de desmontar el puesto. Tenía una cajetilla de Marlboro casi completa. Nada más le faltaban dos. Le propuse comprárselos todos. Como los vendía de a uno, hacerme del paquete me costaría el doble del precio regular de cualquier changarro, pero no me importaba. Quería esos 18 cigarrillos todos para mí. Por capricho, por comodidad, para no tener que bajar a buscar luego más si Charo me robaba algunos. O simplemente para sentirme cubierto, por esa misma seguridad que otorgan vacuidades pedestres como saber que la ropa interior está limpia, los calcetines sanos y no quedan mocos en la nariz ni comida entre los dientes.

Pero no me los quiso vender. India de mierda: no me los quiso vender. Le ofrecí el triple. Cuatro veces más. Cinco. Estaba dispuesto a pagarle lo que pidiera en ese instante por esos roñosos diez y ocho cigarros.

Y nada.

Puedo venderle tres, cuatro como mucho, Doctor —me dijo con una D mayúscula en la voz.

No, mi querida. No quería tres ni cuatro. Los quería todos.

Pero fue infructuoso. Más insistía, más evasiva se ponía. Hacía gala de esa habilidad muy propia de mexicanos y centroamericanos para eludir las respuestas sin usar una sola vez la palabra no.

Al final, hice le pregunta correcta: por qué no me los vendía.

La respuesta fue tan simple como todas sus negativas:

Y después, ¿qué vendo?

Entonces entendí. No se trataba, como procuré explicarle, que con las ganancias de venderme a cinco o seis veces el valor podía comprarse dos o tres cajetillas y seguir incrementando el dinero. De nada sirvió que me aplicara mostrándole sumas en un papel. Yo discutía desde el siglo XX y ella desde el XVII. Yo le hablaba de ganar dinero y ella me hablaba de hablar: si me vendía todos sus cigarros, eliminaba toda posibilidad de conversación con un próximo comprador.

Para Susana, integrista de las buenas costumbres amistosas, su mesa no era un negocio donde obtener dinero para seguir creciendo. Era una excusa para platicar. Ella estaba allí para iniciar y mantener relaciones, intercambiar pareceres, comentar de la vida y de sus naranjas boludas flotando en una presa de Oaxaca.

Y sí: la humanidad es estúpida. La gente cree que hablando nacen mundos. ¿Pero acaso he de cambiar eso yo, hombre?

***

En México, en aquellos tiempos, terminé de pasar al papel mis apuntes de mis asuntos en Argentina. Las preparaciones. Esa carpeta continuaría ampliándose con cada viaje. De Bogotá a Lima, de Santiago a Madrid. En España acabaría por engordarla sumando los detallados experimentos del hospital.

Fernández no se preocupa por aquellos años como por los actuales, donde su nombre aparece decorando magistrales pases de electricidad, golpes con mazos sobre manos y pies o embotamientos progresivos con todo tipo de pastillas. De mi pasado él podría hacer negocio; con su presente, se le acabaría el propio.

Ahí está otra vez el problema de las palabras: de tanto hablar se puede arruinar la vida. Perras malditas.

***

En Ciudad de México me porté bastante bien. Me acosté con algunas mujeres por dinero y hasta con un mariachi que contraté en Garibaldi para Charo. Le cantó a mi mujer, ella se conmovió, lo invité a subir, tomamos demasiado tequila y acabamos los tres en juerga.

A la mañana siguiente nos había robado más de mil dólares, unas pocas joyas de Charo y algunos discos. Que se llevase dos de tropicalia me enfadó. La molestia me duró todo el día.

***

Todo esto ocurrió en los primeros dos meses de vivir en la Colonia Bosques de Chapultepec, frente al bosque, por Campos Elíseos. Charo estaba feliz: le recordaba a las arboledas de Palermo. El aroma cloacal también, aunque de otro modo: aquí estaba en los aires; en Buenos Aires sobre las aceras, depositados por los perros de las señoras.

Al tercer mes comencé a viajar a Monterrey preparando unos seminarios sobre medicina legal. Terminaron siendo excusas. La vida sentimental con Charo sabía a acero inoxidable y yo hallaba consuelo en el autoconsuelo o inventándome amigas y amigos.

En Monterrey hallé mujeres con la efusividad oculta de las conservadoras que hicieron de mis viajes un paseo hasta el agotamiento perfecto, ese que deja a uno rendido tras sudar la sábana. Con una, gustosa de practicar la sofocación, debí tomar precauciones. A punto estuve de llevarla demasiado lejos. El placer me había dado vuelta los ojos como un tiburón y sólo reaccioné por el implacable aroma de una naranja.

¿Suena extraño? No lo es. Habíamos cenado en la cama y el postre era la fruta. En la agitación, una debió rodar bajo el cuerpo de mi chica de ocasión. Aplastada, regó el ambiente y me sacó del trance —como tirando de un hilo.

Naranja equivalía a Susana. Naranjas boludas. Susana boluda.

Las palabras jodiéndome otra vez.

***

Antes de abandonar México busqué a Susana con denuedo. Había cambiado de esquina, saliéndose de mi ruta habitual. Cuando la hallé, el puesto era idéntico. Ni había crecido ni caído.

Lo que yo supuse un único cambio no fue sino mirar esta vez con más detenimiento: la mujer tenía unos alebrijes entremezclados entre las barritas de chicles. Eran una jirafa, un chapulín y un sapito, propiamente devenidos mostruitos multicolores.

Le compré dos pitillos sueltos y le informé que me iba del país. No se mosqueó. Me despidió con la normalidad de quien ha hecho de los abandonos una cultura. Al final de cuentas, esa parecía ser su vida, un movimiento constante, un ver pasar a la gente frente a sí, a veces sin saludar, apenas levantando la mano para indicar esto, esto o aquello. Pagar y retirarse.

¿Cómo esta mujer podía querer conversar con los demás? ¡Somos el puesto callejero de Suderman y Masaryk que vende Marlboro de a peso! Lugar de paso, usufructuo mutuo, interacción secundaria, tres pasos sobre la acera.

Un instante.

Un banco a la espalda, la calle al frente.

Vivimos sin mostrarnos, comprando artefactos y minutos. Fumándonos el cambio.

¿Acaso hay personas en la anomia, digo yo?

Todas estas patrañas que yo creo para esta mujer eran arameo antiguo. Ella parecía tener una convicción irrefutable en cada instante en que dos ojos se cruzan. Ante sí, un intercambio de palabras explotaba sentidos y motivaciones que a mí me son ajenas aun hoy. Susana domesticaba la palabra.

Sólo así podía prolongar, como la veía hacer desde la distancia, los intercambios volátiles de una compraventa de un Marinela. Con ella, quien encendía un cigarro permanecía. Fumaba y dialogaba. En Susana debía existir una convicción que a mí siempre se me escapó, alguna confianza en la conversación como reveladora de las almas.

Algo de eso debí creer pues de lo contrario no se explica por qué cuando dí finalmente con ella le dije que pasara por la casa, que tenía algo para darle. Cumplió, a pesar de mi incredulidad estólida. Segundos antes le había asegurado a Charo que jamás asomaría y entonces sonó el portero.

La atendí en la puerta, hasta donde llegué con mi regalo, un paquete con 20 cajetillas de Marlboro que había comprado para que vendiera en su quiosco. Ella me había llevado un alebrije como atención. El sapo. Me resultó irónico —¿eso era yo, eso le decían mis breves intercambios orales?— pero lo acepté.

Ahora tendrás muchas nuevas conversaciones para iniciar —dije extendiéndole los tabacos, orgulloso, sintiéndome humano y singular.

Seguro, esperé que me diera lata, pero no hubo caso: yo no estaba hecho para hablar con ella como no lo estoy para soportar las peroratas de nadie. Por lo tanto, me devolvió una sonrisa tímida, dejó caer sus ojos de perro manso, se despidió deseando buena vida y la protección del Señor para Charo y para mí y se perdió por las escaleras.

Así nomás desapareció de mi vida —y lo diré de este modo, con gala y pompa— el último ejemplar creyente en el diálogo como principio básico de la humanidad.

***

Mientras contemplaba la jirafa verde, amarilla, azul y roja apoyado contra la puerta ya cerrada, escuché una risotada sarcástica de Charo desde el ventanal. Fumaba y contemplaba la calle y cuando me acerqué me indicó con la mano del cigarro hacia fuera. Susana había dejado, sin abrir, la caja de Marlboro en el tarro de la basura.

“Ahora tendrás muchas nuevas conversaciones...” Debí callarme la boca antes de traicionarme con palabras que no siento. La humanidad es estúpida, Casillas, convéncete.

Charo me quitó el alebrije de las manos antes de que yo lo estrellara contra el piso y lo redujera a polvo a puro pisotón.

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viernes 17 de octubre de 2008

Hablo conmigo mismo

CAPITULO 15

Durante sus primeros días en Madrid, Zapata halló en internet algo que atrajo su atención de inmediato. Un sitio narraba las peripecias de un médico psiquiatra director de hospital. El nombre del médico y su pasado remoto coincidían, pero lo más bizarro fue hallar a un homónimo, un tal Zapata, protagonizando un capítulo.

Como él, éste Zapata era fiscal en Argentina y tenía dos ayudantes, Orso y Portigliatti, como sus amigos y colegas. Sólo fallaban las coincidencias en un detalle: el texto decía que su viaje a Madrid tras El Fantasma había sido organizado con algún arrebato y apuro. Para Zapata, en cambio, nada podía estar más ordenado en su mente que el plan de captura de Esteban Sánchez Durand.

Decidió contactar al autor para quitarse la espina. Envió un email desde Madrid a Orso y Portigliatti para que realizaran las pesquisas. Dieron con él en Washington, DC. Era un periodista argentino radicado en Estados Unidos que había decidido novelar la historia de un pinchalocos desquiciado en internet. La escribía en el trabajo, robándole horas a su jefe y lo leían cinco tipos, pero a él eso lo hacía sentir bien.

Zapata decidió llamarlo cuando fuera madrugada en Estados Unidos. Cuando el otro levantó el teléfono, eran poco más de las 5.00 AM y se le notaba el sueño en la voz. Igual, Zapata no tuvo delicadezas con él. Poco afecto de por sí a la literatura pasatista, la mayoría de los escritos del sujeto, agrupados bajo el nombre común “La Vigilia, El sueño es eterno”, le resultaban pretenciosos; el resto era ininteligible.

La mala entraña se la daba la similitud entre su caso y algunos episodios de la novela, que parecían calcados, como si el tipo los escribiera husmeando por encima de su hombro o como si el mismo Casillas contase el cuento.

—¿De dónde sacó la información? —inquirió un adusto Zapata al autorcillo.

Al otro lado de la línea, la voz somnolienta dejó paso a una risita.

—No es broma. Puedo procesarlo —provocó.

La intimidación fracasó: la risita se hizo carcajada.

—¿Quién le dio los datos del caso El Embarcadero? —insistió el fiscal.

El tipo había caído ya en una risa profunda y Zapata infirió que no era fingida. Al cabo de largos segundos lo oyó toser para recuperar el aire. Cuando volvió a hablar, la voz seguía empastada pero el tono se había vuelto autoritario.

Es puro invento, fiscal —dijo el otro—. Y esto es una locura, ¿cómo puede creer que voy a hablar con usted?

—Porque soy un fiscal de la Nación.

—No, usted es un chiste, salame —volvió a reir.

Zapata evitó enfadarse. Sin restar firmeza, intentaría persuadirlo.

Mire señor, le voy a pedir que respete mi investidura judicial. Represento a la República Argentina en un caso internacional y, dado que no tengo jurisdicción sobre usted por estar en un país para el que no he solicitado vistas, pero por el simple hecho de ser un compatriota, deseo —enfatizó— solicitarle su colaboración. Por ende y nuevamente, ¿puede informarme su fuente informativa?

—Ninguna —desafió la voz—. Y si hubiera, invocaría mi derecho a no revelarla. Secreto profesional, che, como el de los curas y los médicos. ¿Vos no tenés, no?

El fiscal volvió a hacer omisión de la nueva burla. El tipo era un estúpido.

—Debo recordarle que es un caso de justicia que involucra delitos de lesa...

—Zapata, Zapata —interrumpió ahora—. Pará. No sigas que conozco todo: yo puse cada línea de...

—¡¿Usted planificó?! —se sobresaltó el fiscal.

—No, gil, esperá un poquito: yo escribo cada pavada que se te ocurre a vos. O que vos creés que se te ocurre a vos. No sigas, en serio. Te puedo contar cómo va todo. Hasta puedo detallar tu vida.

—Usted no puede hacer eso —encaró con severidad Zapata, celoso de su intimidad y comenzando a confirmar que lidiaba con un sujeto peligroso, quizá demente.

—Puedo hacer lo que se me canta, nene. Hasta puedo hacer que se te retuerza el estómago.

El fiscal sintió que las tripas se le revolvían.

—Có... Có...

—¿Ves?

—Es que estuve... —se ofuscó.

—Nada, no estuviste nada. ¿Qué tal si ahora te provoco, digamos, un pequeño desarreglo intestinal?

Zapata sintió algo de calor correr por su entrepierna.

—Caramba, no, es que yo...

—Sí, claro, vos bla-bla-blá cualquier cosa.

El fiscal intentó retomar la línea de diálogo buscando un por qué pero el otro no lo dejó hablar demasiado.

Mirá, nene, lo que vamos a hacer... Lo que voy a hacer, porque usted no es nada, es terminar esto porque quiero volverme a la cama a dormir hasta las diez. Se lo voy a resumir todo muy claramente, fiscal —el énfasis fue sarcástico— Las cosas son así: usted es un personaje mío, una creación, no hay modo de que hable conmigo. Póngaselo en la cabeza.

—¡Pero estoy hablando con usted, cómo puede negarlo!

—¡Ya, viejo! Usted no habla con nadie: yo hablo conmigo mismo. Aun no sé por qué me sigo dirigiendo a usted cuando debiera contárselo a los lectores pero, mire, lo más preocupante de esto no es que yo dedique casi todo un capítulo a este absurdo. Eso de por sí es poco saludable pero más es que usted suponga real aquello que no es sino una idea mía. Y, sí, lo sé, peor es que yo converse con personajes imaginarios.

De nada valió a Zapata argumentar su condición soberana, aducir que su voz y no la idea de su voz era la que viajaba por el teléfono y que, si aun tenía dudas, podía demostrarle su humanidad —ahora sí— inculpándolo de una infinidad de cargos por su comportamiento evasivo y ofensivo. Obstrucción a la justicia, perjurio, desacato a la autoridad, ocultamiento de pruebas, complicidad para cometer crímenes...

Pero el tipo no movió una pulgada su posición.

Zapata, por favor, acabe. Tengo sueño. Allá es casi mediodía, aquí es madrugada. Todo se resume a esto: yo existo, usted no. O mejor: vos existís hasta que yo diga, Zapatita. O mejor aun: ni siquiera hasta que diga, porque podrías interpretarlo como amenaza —se río—. Te lo voy a decir de este modo: yo sé tu historia al detalle, pavo, y vos tenés los días contados.

—¡¿Me está amenazando de muerte?!

—No, papá, de esas cosas se encarga Casillas. Yo sólo te acabo de acortar cuatro o cinco capítulos la existencia. Chau, pichi.

***

Los números rojos del reloj digital decían 5.41 AM. Tomó dos vasos de agua para matar la sed. Antes de volver a dormirse, Zapata se prometió evitar otro atracón en La Bardemcilla.


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viernes 10 de octubre de 2008

Lentitud Pfeiffer

CAPITULO 14
Francisco Silvela, 28”, leyó otra vez en el papel amarillo.
Zapata tenía fijación por los anotadores de papel amarillo desde que vio “Mannix” en la televisión. Eran sus muy cándidos años 70, cuando la única misión en la vida del pequeño consistía en cumplir con notas decentes en la escuela, comer las verduras verdes que la madre le ponía en el plato y visitar a la abuela sin quejarse por su olor a humedad y pis de gato. A cambio, Zapata tenía derecho a jugar todas las tardes en la calle —a la pelota, a las bolitas, a los barriletes— hasta que entraba la noche. La vida en Campana era cómoda.
Entre los derechos, claro, también estaba “Mannix”. Y allí Zapata vio los anotadores que aun usa hoy.
***
Ladrillo visto, ventanal haciendo esquina y una calle limpia recorrida por autos en perfecta formación. El departamento rentado por Orso y Portigliatti era más de lo que necesitaba. Minimalista, decorado con gusto demasiado pacato para el fiscal. La mesa de centro de la sala, una Noguchi de arce y vidrio grueso, era el mejor ejemplo. En esa casa se habían gastado un vagón de plata, pensó. No menos de veinte mil dólares para decorarla.
Yo haría maravillas con esa plata.
Echó sus cosas sobre la cama —baja, dos plazas, con cabecera de cuero y cubrecamas blanco de seda— y se dio una ducha. Le vino bien. No había descansado en todo el viaje, reordenando las ideas. De qué modo llevar la investigación hasta cercarlo. Cómo abordar a El Fantasma. Cómo dominar la situación. Hasta dónde empujar. Y vuelta a empezar, una y otra vez.
***
El departamento tenía internet güifi y por primera vez no pensó en los costos sino en el beneficio de haberlo pagado. Dejó que la notebook acabe de instalar el sistema operativo y fue a la cocina en plan explorador. El refri estaba repleto de productos envasados. Jamón y queso; latas de Coca-Cola y cerveza Damm; verduras empacadas para microondas. Fue su segunda comprobación de que el dinero estaba valiendo.
Volvió con una Damm al cuarto y ya tenía una ventanita del MSG abierta.
Orso: ¿Estás, Zapata?
Cada vez que veía esas ventanitas anaranjadas parpadeando lo asaltaba la urgencia. Creía que era algo inmediato y no podía dejar de responder.
Zapa: Sí, gordo, qué pasó??
En el apuro, apoyó mal la lata y parte de la la cerveza se regó en la cama. Reaccionó a tiempo y evitó que fuera más.
Orso: Nada, boludo, quería saber si llegastes bien.
El gordo Orso tenía esa manía de poner eses innecesarias a los verbos. Llegastes, estuvistes, hicistes, vistes. Para Zapata era como un hermano mayor. Siempre encima, siempre preocupado. Todo perdonable. Buen tipo.
Zapa: Todo bien. Che, el depto está de puta madre. Nos gastamos demasiada guita en esto pero parece que al inal vale la pena, je je
Orso: Disfrutalo, man. Con el sueldo de fiscal no vas a ninguna parte. Aprovechá Madrid que dicen que esta bueno. Mi hermana fue hace dos años. Ella y el marido, el Chuzo Guzmán, te acordás? Andá a Chueca.
Zapata se acordaba. Cómo no se iba a acordar del Chuzo: el peor estudiante de abogacía que había visto ahora era la estrella del derecho corporativo argentino. Y estaba casado con la hermana del gordo Orso, la infartante, que todavía le movía el piso.
Zapa: Voy a ir. Me acuerdo del Cuzho. Pero decime un poco, todo bien acá, pero me preocupa que tenga que ajustarme antes de poder arrehglar todo.
El gordo Orso tardó en responder y Zapata se quedó esperando un buen rato por él hasta que decidió encender a la tele: la ventanita naranja se encargaría de reclamarle atención en su momento. Pasó los canales rápido, hasta que dio con una imagen conocida: Batman. En el texto del pie de pantalla leyó: “Batman vuelve”. El Batman con El Pingüino de Danny de Vito, ese pajarraco retorcido y oscuro llamado Oswald Chesterfield Cobblepot. Genial: siempre quiso verla y nunca se había hecho tiempo para ir al cine. Dejó el botón allí, con el sonido en mute. Ya lo reclamaban otra vez.
Orso: Perdoná, estaba charlando con Portigliatti. Dice que no te calentés, que por la guita no hay rollo, que ya habrá. Diisfrutá, pelotudo, que es tu priemra vez afuera!!
Quizá fuera la cerveza o el cansancio que le embotaba los sentidos o la ducha caliente o todo a la vez, pero a Zapata le gustó el mandato. En verdad, estaba relajado, lejos del trabajo diario y esa distancia parecía potenciar la calma. O el goce. Claro que iría a Chueca, claro que se vería la peli, claro que se tomaría un par de cervezas más. Pero no dio el brazo a torcer tan fácil: tenía una imagen, especialmente con los dos fiscales ayudantes.
Zapa: Capaz que les hago caso. ¿Tienen algo ya?
Le respondieron de inmediato.
Orso: Portigliatti dice que parés un cachito, boludo. Pero sí tenemos alhgo. Te mando un doc.
El vínculo apareció en el chat y Zapata dio clic. Bajó en un abrir y cerrar de ojos. Ojalá tuviera esa banda ancha en la oficina, donde internet viajaba en carreta. Pero, claro, para tenerla la fiscalía debiera manejar un presupuesto como el de esa casa, mensual y sólo para gastos en él.
Abrió el documento y lo repasó rápido. Orso se lo relataba a la par en la notebbok.
Orso: el tipo dirige el hospital, ahi tenes la direccion. Tiene un segundo, un chico joven, un tal fernandez. Español. Parace q es su protegido, me entendés. Lleva varios años como director
Orso: el hospital es de referencia. Tiene varios estudios hechos ahi y publicado en...
La pantallita hizo una pausa.
Orso: Journals?? es en ingles y no se bien. No pudimos dar con su domicilio pero calculo que te será mas facil a vos alla. Es respetado y creemos q no se sabe mucho de su pasado, o nada. Se separo de la argentina hace tiempo
Orso: pero se siguieron viendo. Tiene o tuvo varias “novias”. Bah, minitas que se curte. A lo mejor podes averiguar mas de la tal Rosario ésta pq acá ella es medio fantasmal. No hay mucho mas que lo que te enviamos, que son los datos de Registro Civil.
Orso: Ah, Portigliatti dice que cuando termines todo le traigas un perfume del free shop para la mujer, que son mas baratos alla. Burberry Touche o Touch, dice que se llama. Que despues te da la guita.
Orso: Seguis ahi o estoy hablando solo, Zapa?
Zapata regresó a la pantalla cuando acabó de ojear las cinco páginas de información. Respondió en profundidad.
Zapa: Acá estoy. Perfecto, buena información. Me pongo en el tema. Mañana empiezo a buscar datos de ella y trato de llegarme por el neuro. Sabés algo más del tal Fernández? Veo una dirección acá. Es su casa o qué? Ojo, la argentina no sé si es tan importante si dimos con el “protegido” éste, pero sigo el rastro.
Zapa: Si podés averiguar más de las “novias”, avisá urgente. Ah, y buena idea de hablar del “tipo”, sin mencionarlo. Con internet nunca se sabe esto de la seguridad, viste que siempre hay problermas de virus. Decile a Portigliatti que se deje de joder, que si le llevo es regalo. Vos querés algo?
El gordo le escribió telegráficamente: “La argentina: ok. Fernan: es la casa. Novias ok averiguo. Bien con no usar nombre. Portigliatti dice que te vayas a la concha de tu hermana y a mí traeme una camiseta del Real Madrid para Pablito. Talle M. Creció mucho el pendejo”
Se despidieron rápido y Zapata cerró la notebook para leer el documento en profundidad. Se echó en la cama y entonces lo vio: un espejo cubría todo el techo. La primera reacción que disparó su cerebro fue cubrirse y el fiscal tiró del cubrecamas en un solo acto para tapar su desnudez. Lo segundo que pensó fue qué retorcida mente viviría allí. Con toda seguridad un chiflado exhibicionista.
Se le ocurrió que podría haber cosas peores y se levantó tirando de la cobija para taparse las humanidades. ¿Habría cámaras? ¿Sería objeto de observación de un afiebrado? Miró en el baño, en las esquinas del techo, en las lámparas de las mesas de luz y en la misma cabecera de la cama. Revisó el ropero. No había nada.
Se sentó en la cama para recuperarse de la excitación, envuelto aun en el cobertor. Entonces tuvo la segunda sorpresa agradable, que reparó prontamente el vértigo de sentirse observado: una bata blanca de seda. Estuvo un par de segundos mirándola desde la cama, todavía aferrado al cubrecamas que le servía de toga romana, y finalmente se decidió. Fue hasta el armario y dejó que los dedos recorrieran la tela suave. Le gustó la sensación. ¿Por qué no?
***
Para la tercera cerveza, algo mareado, Batman/Keaton ya había tenido la habitual cena de gala que adorna cada película del enmascarado y no quedaba una sola duda de las maldades de Shreck/Walken. De Vito confirmaba la buena elección de Burton para un Pingüino gris y voraz y Pfeiffer era la mejor gata de la historia.
Zapata se sentía a sus anchas. No le molestaba oirla traducida —“Ostias, Pingüino”, “¡Es Catgúman!”— y había cedido comprensiblemente a las maravillosas dualidades de Burton. “Batman vuelve” no le atraía por sus aparentes semejanzas —el fiscal era ciertamente gris como Cobblepot si bien carecía de las angurrias del húerfano marginal— sino por sus representaciones. Todo mundo allí era alguien más, la materialización de un otro reprimido.
Un poco entumecido por el sueño y el alcohol, se fue previsiblemente tras la erótica felina de Pfeiffer y decidió que ya tenía suficiente de oir la trama traducida, por lo que volvió al mute. La película, curiosamente, ganó en intensidad: la su funda corporal de cuero de la otra Selina Kyle se volvió omnipresente y Zapata ya no vio pingüinos ni murciélagos.
Fue por una Damm más y volvió a echarse en la cama dispuesto que que la modorra le gane la partida siguiendo las cadencias físicas de Pfeiffer.
De la gata rubia Pfeiffer.
La gata rubia de labios rojo fuego Pfeiffer.
La gata rubia de labios rojo fuego y cuero negro Pfeiffer.
Se acomodó en la cama y el espejo ya no le sorprendió en el techo. La bata se escurrió con lentitud de caracol y suave como una gata. Una lentitud Pfeiffer.

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jueves 2 de octubre de 2008

Melocotón de primavera

CAPITULO 13

A los pocos minutos de salir Fernández de su oficina, Casillas ratificó que las personas resueltas son necesarias y provocan alegrías inesperadas. Al menos ese día, además, se recordaría más de una vez que las palabras y las pausas contemplativas, así como las preguntas largamente caviladas, pierden vitalidad cuando esos seres toman las riendas. Uno se deja ir detrás de la acción y la acción decide por nosotros. Casillas descubrió todo eso viendo el envasado, magnífico y maleable cuerpo de la enfermera del pasillo. Cero filosofía.

Sucede que Fernández obedeció sin demoras la orden del director de enviarle a la jovencita y a los pocos minutos que el médico hubo abandonado la oficina del jefe del psiquiátrico, ella entró con el paso de concreto de Naomi Campbell. Casillas la esperaba sentado en su sofá, fumando y con un vaso de whisky. Apenas traspuso el dintel, le indicó que se siente frente a él, pero la chica cerró la puerta tras de sí, le metió cerrojo y lo encaró directamente.

Le tomó nada desnudarse y menos subirse a sus piernas y destriparlo. Casillas se tragó las preguntas:

¿Cuándo había comenzado a trabajar allí?

¿Me recuerdas otra vez tu nombre, preciosa?

¿Tenían algo o era su idea?

¿Quería tener algo o era su idea?

¿Por qué “Timbuktú”?

¿Qué...?

Puestos, la chica sabía del asunto y Casillas validó su fama. A puro arrebato, toréandose los pubis, se acaloraron largo y se fueron corriendo seguido. Ya bañados por el sudor, con el humo del cigarro por perfume, él la tomó a los manotazos y le tapó los gritos perros y ella le correspondió hundiéndole las uñas en la espalda y arrancándole la camisa. Sentada en la grupa, lo cabalgó duro buscando un despeje largo. La enfermera pidió respuesta física calzándole la cadera y Casillas engordó de vaina y arremetió. Los dos se fueron a pura guarrada; cacheteando la pared la una, pataleando en el escritorio el otro.

***

Dijo llamarse Verónica pero su entrenada inteligencia epidérmica alertó a Casillas la falacia: no tenía cara de Verónica. Por las firmezas le calculó menos de treinta y por el perfume químico del pelo la supo rubia ceniza convertida al castaño. Había comenzado a trabajar allí hacía un año y era enfermera licenciada. Nacida madrileña, venía de Oviedo, donde eligió alejarse por varios años de algunos problemas familiares que, afirmó, eran imposibles de saldar.

—“Timbuktú” fue por tu pasión por Auster, pero no te lo regalé por ninguna razón personal, si tanto quieres saberlo. Y en cuanto a si deseaba tener algo contigo, eso ya es evidente —respondió subiéndose la tanga y una falda mínima.

Casillas la contempló echado en el sillón con el pantalón aun abierto. Bebió whisky directamente de la botella que hacía pendular en el aire tomándola del cuello.

Todavía queda una pregunta. O varias —dijo finalmente.

¿Sobre mí? ¿O sobre lo que usted mismo quiere confirmar de mí? —ironizó ella.

Puedes tratarme de tú a tú, ¿vale?

Da igual. Mañana no recordarás nada.

Casillas se intrigó. ¿Sabía de su situación? ¿Acaso no había nadie en el hospital que no estuviera al tanto de sus vacíos de memoria?

Pues si haces escándalo cada vez que te pasas... —respondió Verónica señalando los frascos de píldoras antes de menoscabar completamente su interés:— Despreocúpate, tu estado no importa demasiado aquí.

Casillas refunfuñó. “Tu estado no importa demasiado aquí”. ¿Quién coño era ella para determinar eso? Frunció el ceño mientras la chica terminaba de vestirse. Cuando se agachó a tomar la blusa, que había arrojado del otro lado del escritorio, la falda le dibujó el contorno del culo, ese doblemente redondeado y terso melocotón de primavera. Punto uno: se puso lascivo. Punto dos: olvidó de qué lo preocupaba un segundo antes. Punto tres: al final de cuentas, ¿no era acaso un viejo afortunado?

De espaldas, la enfermera soltó una carcajada desprejuiciada —misteriosa habilidad femenina que permite reconocer a los espías bisoños. Se incorporó y giró con los pechos al aire, sonriéndole como a un niño que necesita regaño. Casillas le devolvió la sonrisa, pidiéndolo.

La chica caminó hasta él nuevamente, cortando con el cuerpo el rayo de sol que obsesionaba al director. Casillas amagó a cantar —“Solcito / Solcito / Sol...”— pero ya ella estaba encima. Mejor no, Casillas. Basta de preguntas, palabras, dudas; bienvenida, mujercita impetuosa y adiós, sol.

***

Tomó el libro y le dio una repasada veloz: estaba en inglés. Otra extrañeza para el día. Verónica, la enfermera, le había contado que era la octava o novena ocasión en que se hallaban —así le decía ella. O porque él la convocaba a su escritorio o porque se reunían en la habitación 2012 —¡la 2012!— o porque ella vulneraba su puerta y se le escurría al mediodía, a la siesta o por las noches, cuando La Loca Estela estaba demasiado drogada para atenderlo.

Pero en ninguna de esas ocasiones él había mencionado nada de su afición por la lectura en inglés de Auster. Eso era un secreto de Charo y de él jamás filtrado y tenía una certeza pétrea de ello.

Se disponía entonces a leer al azar pero dio con una página marcada. La esquina de una hoja doblada y un subrayado al lado de un párrafo. Decía:

Whenever he talked to Mr. Bones about those early years, Willy tended to dwell on the good memories and ignore the bad. But who could blame him for sentimentalizing the past? We all do it”.

La enfermera debió marcarlo pero ella ya no estaba allí para responder. ¿Qué querían significar esas breves oraciones para ella que a él, con una recorrida superficial, le caían como cargas de profundidad?

Hilos”, recurrió. “Cargas de profundidad. Hilos. Recuerdos atados con hilos”. ¿Adónde le llevaban esas palabras?

En fin, le daría una recorrida más profunda luego. Ahora debía cumplir con alguna dignidad el trabajo por el que recibía un salario. Revisó rápido el schedule: visita regular a las habitaciones de los internos, reunión breve de administración y Charo.

¿Charo?

Charo”, de su puño y letra.

8.00 pm”.

¿Charo y no “La Loca Estela”?

***

En fin, día y noche de programa agitado. Necesitaría energías, por lo que dormiría siesta y se armaría de combustible extra.

Buscó a tientas un frasco. Desechó las píldoras blancas, las rosadas y las ámbar y finalmente dio con las azules. Se fue a trabajar.


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jueves 25 de septiembre de 2008

Gólgota

CAPITULO 12

Un día, el Gólgota.

Hay un final y hay Gólgota —parecido no es igual.

El calvario elegido, la aceptación del desahucio. La consumación personal del martirologio.

El Gólgota se asocia a la conclusión de un camino. El acabóse. Padre, por qué me has abandonado. El cuerpo vejado, el alma presta cerrando la montaña, anticipando el cadalso y el precipicio y el cielo negro y las fosas pútridas abiertas y a Aguirre.

La concepción ultimísima es llevar la cruz y entregarse al designio. Vida pendorcha.

Pero hay innumerables Gólgota, no uno —claro, somos definitivos.

Yo, Charo, elegí el mío sin comprensión cabal y absoluta. Más presa de las circunstancias que cochera de mi destino.

La anticipación hizo tilt: no esperaba nada más allá de. No túnel, no luz.

Pero algún hado se apiadó, tuve suerte, dios o culo y algo hallé. Mi Gólgota —la locura— me facilitó la comprensión: ahora sé que soy una mesa o una silla o un perro y que siempre lo fui. Charo, ya una vez La Loca Estela, es un ser humano cuadrúpedo.

La chifladura, ese estado de liberación moral, descorrió el velo de mis cuatro apéndices:

Decamerón

Transfiguración

Post-Crucifixión

Renacimiento

***

Fase I – De cómo tuve un Decamerón incompleto

Leí y creí en Boccaccio. Cien cuentos, hace setecientos años, explicándome cómo eran el amor, la fortuna y la inteligencia. El amor regía. Eros nos predestinaba, hijos de Venus y Marte, a la sensualidad y el goce cuerpo a cuerpo. La moralidad, esa acrimonĭa, no vallaba el deseo.

Vivía entonces, libremente encerrada en mi jaula, mi Buenos Aires, en un mundo etéreo de piel siempre hidratada y con el carácter jovial. Era cada una de las monjas y abadesas de Massetto. La reina atravesada por el mozo carnavalesco. La presa helénica del corsario y la esposa gozada por dos hombres. Me entregaba a la mentira del orgasmo celestial sin temor a la medianía atmosférica sólo por disfrutar el vuelo. Hasta fingí ser doncellas imperiosas que no admitían ni sufrían recusación.

Carne, manzana de Eva, hambre eterno: estaban en mí. Hombre que no me provocaba: hombre sitiado, asaltado y tomado. Macho provocador, allí iba, pícara, insolente, liviana, con las flautas silbando bajo mis piecitos de vestal del bosque buscando tronco para rascar y que me rasque.

Ese estado alelado me impidió ver una pena que desconocía. Lo que sería mi inquisición comenzó como sueño deseado: Casillas era el hombre hallado, el servidor permanente. Fue así por un tiempo; teníamos onda expansiva y la ciudad latió.

Pero Casillas pronto agotó su ímpetu taurino una vez abierta la puerta de salida de Buenos Aires. Yo, señores, removí el limo platense a grito pelado y espolada de tobillos y llegué a Madrid para acabar en una congeladora. El pene de mi hombre se volvió ártico y antártico y al cabo cerró la tienda chucha. Apenas si abría el ojo venusino para un llantito de placer, que ya no polvo, consolando la ausencia aferrada a vigas de PVC.

Primera muerte, segunda pata.

***

Fase II – Transfiguración inversa, sin monte ni brillo

Casillas me puso en el Index librorum prohibitorum mientras el santurrón banqueteaba. Sólo yo lo sé: Casillas reinterpretó el Decamerón de Boccaccio hasta crear el suyo propio. A la moral inexistente la reemplazó con amoralidad. Para él el placer carece de ley, principio y fin. Se goza con la vida, se goza con la muerte.

Su memoria perdida es, por supuesto, negación. Casillas tiene a la Santa Inquisición escondida en el cerebelo lista para estirar la tibia y hacerle rodar ese precario equilibrio. Casillas mantiene a raya a la conciencia atorando el garguero con pastillas. Por la magnitud de sus pecados —quien a hierro mata...— sabe que lo esperan instrumentos aberrantes. Collares de púas, jaulas colgantes, sierras y cinturones de San Erasmo; vírgenes de hierro de clavos gigantes, santas trinidades de acero al rojo vivo y casquetes aplastacabezas; camas y esposas para descoyuntar, las peras del Papa, la pata de gato y el taburete de Judas.

En cambio, a mí el hijo de puta me cerró con candado el tujes en el Index librorum prohibitorum y se llevó las llaves. Ahí empezó mi transfiguración impuesta, maldita pata.

Casillas era mi cúspide, mi montaña. Así fue en el génesis, en Buenos Aires. Reconocía al hombre a quien entregaría mi alma para descansar en y con él. Pero la montaña era aire y mi elevación, vanidad. No hubo brillo, luz ni sol en mi mirada, mi rostro y mi aura al momento de la transformación.

No hallé razones inmediatas para explicar el cambio de Casillas. Mi elección por él había sido intuitiva e irracional, algo que las mujeres llamamos piel. Pretendía que un hombre fuese otro.

Pero si anhelaba que la realidad cediese al deseo, para cuando el deseo cedió a la realidad, ya había perdido conexión con lo mundano. Era mi propia transfiguración inversa: de elegir la locura sublime del Eros del Decamerón, ahora elegía volverme loca sin elevarme del piso.

Prendí fuego a todos los libros.

***

Fase III – Post-Crucifixión; abrázame

Sin elevación ni colores santos, no hubo Moisés o Elías y no reconocí en el rodeo a los Pedro, Juan y Santiago. Concluido el hombre —primero en América, luego en España—, me abrí el pecho y recité a mi modo estrofas por mí bien sabidas.

La distancia de mí misma: abismal

Arrimate y prestame el pecho

Ciega el silencio / Quiebro las piernas

Mi tierra sin ejes / es transformación

(Música ambiental; ubicua, rabiosa Post-crucifixión: “Y en esta quietud / Que ronda a mi muerte / Siento presagios / de lo que vendrá”.)

***

Fase IV – Renaissance Woman

La elección de mi locura, digo, es metódica. Borré los límites para limitar el daño.

Ya en Madrid la primera vez, Casillas convertido en ser huraño pasaba el tiempo bajo llave, bajo fuego y bajo el agüita al 40% de Wyborowa Exquisite. Se aficionó a las píldoras al verme tomar calmantes —soy tan débil. Fue primero uno y después el tobogán —en estos menesteres hay organismos y organismos.

En Madrid, se perdía por Chueca, por La Latina y por Huertas. De más estaba preguntar qué lo atraía. Empecé a llamarle a esa derrota La Expedición Cosaca, porque volvía apestando a zubrówka y J.Lo, las camisas denunciaban la saliva y los labiales rusos y en los sacos serpenteaban los cabellos amarillentos de las rumanas patilargas de Malasaña.

En Baires, al primer viaje, se entretuvo en Saló, en el microcentro. Disco gay. También recorrió a pie las calles del Palermo oscuro y pagó taxis y hoteles a chicas y chicos. Lo que el olfato y la vista no proporcionaron lo entregó mi oído y las bocas de mis amigos noctámbulos. Casillas se paseaba por Buenos Aires como si yo no existiese. Y efectivamente era así para él.

En Bogotá anduvo en un asunto turbio. No fueron drogas ni demás boludeces. Fue más violento. Llegó al hotel con la camisa y el pantalón salpicados de sangre fresca y el rostro cortado. No me dejó revisarlo.

Soy médico y sé curarme; soy psiquiátrica y sé entenderme —repitió, como cada vez que me quería lejos.

Mis ojos se bastaron. Había vidrio de parabrisas hasta en los bolsillos de los pantalones. En México... De México no quiero hablar. Tampoco de Lima o de Santiago. Eso se sabrá cuando sea necesario.

Ya para entonces, con una década oliendo desencantos, seguíamos juntos antes por costumbre que por elección.

Como eso era una muerte en vida fue entonces que decidí mi resurrección: me haría la loca. Años traduciendo libros, ponencias, dossiers, white papers para Casillas y decenas de médicos y me tenía aprendido cuestiones básicas sobre psicosis, esquizofrenia y otras chifladuras.

Me internaría en el hospital de Casillas con un plan: mis Nuevas Cuatro Fases.

Sumisión

Revancha

Perdón

Redención

Él vivía entonces (y vive ahora) tan empastado que difícilmente podría determinar si mi locura era un pretexto o mis sesos debidamente volados. En el peor de los casos, descontaba su flaca memoria para asegurarme la estancia y sumaba el deseo y la envidia de Fernández —con un ojo sobre mí y otro sobre Casillas.

Abrir las patas en el momento adecuado podía darme lo necesario con uno u otro. O con quien fuera necesario.

De algún modo, ésta era una nueva Transfiguración inversa, prestada de Casillas. La amoralidad en reemplazo de una moral inexistente. Algo como pechá tranquilo, que total mando yo.

***

Antes debía ordenar menesteres del plan que incluían un viaje a Argentina sin notificar a Casillas.

Luego, Madrid › Hospital › ¡Knock, knock! Soy La Loca Estela, vengo a internarme.


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viernes 12 de septiembre de 2008

Solcito mío, mi amor

CAPITULO 11

Usted lo sabe.

Casillas fumaba pausadamente. Cómodo, echado en el sofá con los pies sobre una mesita ratona. Disparó al techo una caravana de aros de humo. Lo hizo bien despacio —púh, púh, púh, púh— sin quitarle la vista a Fernández, que tampoco se la bajaba a él y sentía la fumata como una provocación.

—Lo sabe —insistió, y por segunda vez recibió silencio y púh púh púh por respuesta.

Fernández había tomado la previsión de correr las cortinas de la oficina del director del hospital. Eso, y la puerta con traba, conformaba su idea de privacidad. De cualquier modo, las dos hojas de la cortina no se pegaron por completo. Por un pequeño resquicio entre los paños de fieltro azul empezó a colarse el sol, que había pasado ya el cenit.

Casillas vio el haz de luz cruzar el cuarto e ir eligiendo de a poco, como el minutero de un reloj, un centímetro de piso, pared y techo donde posarse. El rayo lo alcanzó pronto y se le clavó en las pupilas. Primero sintió la vista herida y la quitó pero no movió el cuerpo: fue acercando poco a poco el ojo otra vez al acero dorado. La pupila se contrajo. Cerró el ojo, que estalló en otro ojo, blanco y palpitante, detrás del párpado. La sensación de ceguera le gustó.

¿Dónde están?

Abría y cerraba el ojo. Primero uno, luego, apenas girando la cabeza, el otro. Miraba y jugaba. Abrir, cerrar, uno, otro.

¡Casillas!

El grito de Fernández lo incomodó. La gente ha perdido la paciencia. Casillas detuvo su leve movimiento pendular. Fumó. Miró a Fernández. Encogió los labios, pensativo. Volvió a fumar y apagó el cigarro en el cenicero. Lentamente, un golpe por segundo.

¿Cuál es su problema, Fernández?

Fernández se aplica y explica. Desea saber cuándo entregará sus apuntes. Las notas, las llama. Se emplea con ahínco, cuidando ahora las palabras. Ya se anotició de la reacción del otro: Casillas podría haberlo mordido o gritado o golpeado como a un perro por el grito de autoridad. No desea provocarlo nuevamente pero tampoco lo liberará de sus responsabilidades. Por eso el tono aun es seco y algo imperativo. Al final de cuentas, si Casillas se comprometió a entregar las notas, debe hacerlo.

Es en beneficio de todos. Usted lo sabe. Usted prometió.

Casillas ha seguido el monólogo de Fernández sin emitir palabras, echado en el sofá y, desde que habló, con una pierna cruzada sobre la otra y los brazos estirados a lo largo del respaldo.

El médico cree que su director está atento pero no le ha escuchado palabra. Todo el tiempo siguió pendiente del derrotero del rayo de sol, que sigue moviéndose con pisadas de ciempiés. Es una maravilla cómo corta la habitación como si fuera su propietario, como se inmiscuye en la conversación y la desarma sin necesidad de palabras. Los gestos, piensa Casillas, superan todo discurso.

Fernández continúa explicando los beneficios, en tantas oportunidades reiterados, de que ni una sentencia de esas notas sean jamás conocidas por nadie más que él y Casillas. La institución, argumenta, por el hospital, no resistiría tamaña derrota. Sería definitiva, en especial porque ya llevamos tres directores saliendo casi con los pies por delante.

¿No son magníficos esos dibujos, piensa Casillas? Lo son. Las partículas de polvo y las informes olas del humo del tabaco se han unido decorando toda la longitud del rayo de sol. Cuando la luz le tocó los ojos, Casillas sintió una caricia tibia. Afuera debe estar incroyable . Caramba, ¿francés?

¿Cuándo va a ser?

Casillas reaccionó. Regresó a Fernández con un largo suspiro.

No tengo idea. Cuando me muera. ¿Qué le parece eso? —desafió.

El otro se tomó la respuesta muy en serio.

Mucho riesgo —juzgó, grave—. Mejor antes.

Casillas hizo una mueca. En el fondo, no le importaba.

No, antes no.

Sí.

No.

Fernández refunfuñó. No quería sobresaltarse. Cuando eso ocurría, Casillas siempre se salía con la suya. Escondió la cabeza entre las manos para calmarse y hallar una idea. Casillas aprovechó el fastidio del otro y volvió a poner la cara contra el rayo de sol, esta vez, más decididamente. La cuchillada de luz lo encegueció. Quitó la cabeza. Volvió al rayo. Salió, volvió. Así cinco, seis veces, en cada ocasión más velozmente, cerrando y abriendo alternadamente un ojo u otro.

Nunca perdió de vista la posición de Fernández, así que cuando el médico descubrió su rostro para retomar la conversación, halló a Casillas apropiadamente sentado mirándolo detenidamente. Y sonriendo.

Debe comportarse como un adulto, Casillas.

Cómo no, papá.

Al director le resultaba sencillo manejar a su médico. Tenía un poder etéreo sobre él que excedía la brecha de generaciones. Fernández, en sus treinta largos, podía ser hijo de Casillas, pero no lo dominaba una relación paternal. Casillas le anticipaba los movimientos y presentía sus palabras. Era un misterio, pero ninguna de las necesidades de Fernández parecía serle ajena. Resultaba apabullante verlo ordenarle los deseos, como fuese su creación, un Frankenstein ensamblado para permanecer en rebelión con su creador hasta el final de los días.

En alguna medida, era así.

No se burle.

No lo hago, Fernández. Dese cuenta, usted es una burla de sí mismo.

El médico se ofendió gravemente y se paró ya sin cuestionarse la ruptura de la diplomacia con Casillas. Comenzó a recorrer la habitación de un extremo a otro profiriendo maldiciones e insultos. Para un observador ajeno a los precedentes del momento, los reclamos de Fernández reflejaban inversamente la realidad. Él, dominante; Casillas, sometido.

Lejos de eso, el director había obtenido lo que deseaba: que Fernández se desconcentrase y volviera a dejarle el rayito para su entero goce. Y Casillas no se demoró más de un par de segundos en volver a balancear el cuello buscando que el hilo áureo le lacere la visión. El estilete eléctrico viajaba en línea recta —córnea, cámara, iris y estoma, pupila, cristalino, cilios, cámara y humor— hasta reventar la retina y dispararle pinchazos al nervio.

Una y otra vez, mientras Fernández vociferaba, Casillas cruzó los ojos por el rayo y hasta improvisó una canción, que tarareaba en silencio, en una repetición interminable, mecánica como una cajita musical y acompasada con cada puñalada del sol:

Solcito / Solcito / Solcito / Sol...

Solcito mío, Solcito mío, mi amor...”

Para no excitar más a Fernández, Casillas volvió a detener su movimiento y el canturreo mudo apenas ubicó al médico de regreso en su silla. Le sonrió, incluso. Fernández asumió que su andanada había entregado resultados y asumió el gesto como una señal de conciliación.

¿Sabe, Fernández? —Casillas hizo la pausa necesaria para recoger un cigarro, encenderlo y darle una larga seca— Usted está muy equivocado —sentenció, y expulsó violentamente una densa columna de humo sobre el rayo del ventanal.

Por un segundo, Fernández posó la vista en las volutas y caracoleos sincopados del humo dentro del canal de luz. Al volver a la conversación, Casillas lo miraba fijo y sonreía otra vez mientras con la mano libre se quitaba de la boca un resto de tabaco de los Gitanes.

¿Por qué lo dice? —preguntó el médico joven, a sabiendas de que no le gustaría la respuesta.

Casillas se repantigó en el sofá.

Porque esta conversación es innecesaria.

Fernández amagó a molestarse pero el director lo detuvo. Le explicaría por qué decía eso.

Yo cumplo lo que prometo. Al menos, las más de las veces. Y si le dije que tendría las notas, no se preocupe: se las daré. En mano, si así lo dejo más tranquilo.

El asun...

No interrumpa —dijo firmemente Casillas y la mano de su cigarro alzándose frente a los ojos de Fernández, su voz autoritaria y la mirada intransigente fueron señales suficientes para desbaratar el reclamo—. Usted, Fernández, debe aprender a tener paciencia. Si le he dicho que esos textos serán suyos, delo por hecho.

Antes no ha cumplido promesas, tal cual lo ha dicho —respondió Fernández velozmente, de un tirón, antes de que Casillas hiciese nada para callarlo.

Y es cierto —respondió pacientemente el otro, sin sombra de ofuscamiento—, pero esto es demasiado importante. Ahora bien —se incorporó en el sofá con algún esfuerzo—, yo sé que usted ha estado importunando a La Loca Estela para que le diga dónde hallar esos papeles. Déjeme ser bien claro —Casillas miró intensamente a los ojos a Fernández y su voz se volvió sombría—: ella se queda fuera de esto. No puede ni le dirá nada porque no sabe nada. Y si no fuera así, yo que usted no le creería, pues sabe bien que está loca de remate.

Sí, pero...

Casillas esta vez no habló: nada más se bastó con los ojos brillantes como dagas para frenar la intentona de Fernández.

Pero nada. Repito: La Loca Estela se queda fuera de esto. ¿Estamos?

Fernández resopló, pensó un segundo mirando al piso y, finalmente, asintió.

Perfecto. Asunto concluido.

Casillas dio una nueva pitada al tabaco, se echó en el sofá, puso las manos tras la nuca y volvió a dibujar aureolas en el aire. Fernández, que había comprendido que cualquier intento de contradecirlo sería sistemáticamente abortado, permaneció cabizbajo, indeciso entre irse o decir lo que deseaba decir.

Casillas carcajeo.

Usted sí que es un chiquilicuatre, ¿eh? —atacó— Pregunte, hijo puta, anímese de una vez.

Fernández encaró, titubeante.

¿Cuándo...?

El día de mi muerte —volvió a divertirse el director, dejándolo sin terminar la frase—. ¿Desea que le pongamos fecha? —provocó, todavía risueño.

Con la honra escorada, tiroteado en cada ocasión que procuró decir nada, Fernández no se atrevió ni a responder.

Bueno, si no se decide...

¡Sí! ¡Sí! —se exaltó Fernández, presa de los nervios.

Venga: ese día va a ser... —Casillas suspendió la frase y alzó al vista al techo, saboreando el cigarro—... Cuando sepa diez cosas que ahora mismo no sé. Mejor: nueve, porque a una la empecé a tener clara hace unos días.

El director del hospital se refería al décimo hecho perdido en su memoria: el por qué significante de la dirección de Francisco Silvela, 28, en el distrito de Salamanca.

¿Y eso será...? —se apresuró Fernández.

Usted es tan pelotudo que si se presenta a un campeonato de boludos lo pierde por gilipollas. ¿No le acabo de decir que sea paciente? ¡Será cuando deba ser, coño! —gritó Casillas y acto seguido ordenó a Fernández que se vaya, que ya no había más que discutir ese día y que le hiciera el bendito favor de enviarle a la enfermera jovencita, la niña nueva, que necesitaba hablar con ella.

Hecho un guiñapo, Fernández arrastró su autoestima y salió de la oficina en un suspiro, cerrando la puerta con la suavidad de una niña modosa. Casillas se festejó el maltrato con algunas risitas secas que le duraron hasta que la tos de la fumata le arrebató los pulmones. No pudo tomar aire otra vez hasta que un gargajo le empastó la boca. Entonces buscó la rendija de las cortinas por las que se colaba el sol y maceró la flema orgánica girándola pacientemente con la lengua. En el momento en que le presintió la consistencia imprescindible, escupió con violencia.

El esputo, que mezclaba un color verde empetrolado con amarillo pálido y saliva blancuzca, se plantó con precisión entre los dos paños, uniendo las cortinas en un puente líquido. Al cabo de unos segundos, vencido por la gravedad, el gallo devino colgajo y se fue deslizando con lentitud de caracol hasta estirarse unas tres veces su tamaño original.

Hilos”, pensó Casillas. “Todo se ata con hilos. Hasta el pasado se nos cose. Nada queda atrás definitivamente. Ni ánimas ni evanescencias libran el tobillo de una jarcia al pasado”.

¿Dónde había escuchado eso? ¿O lo había leído? ¿Por qué siempre necesitaba saber? ¿O por qué, en todo caso, no podía desprenderse de las urgencias de evacuar dudas día y noche? ¿Por qué todo en él era una pregunta, una fragilidad, quizás una incertidumbre infinita?

Se sacó las ideas de encima resoplando un nuevo cañonazo de humo que cortó el rayo de sol y se dejó ir tras las circunvoluciones. Perdido en una idea blanca, una especie de vacío sin pensamientos, fue meciéndose en su cantito silencioso, esa cándida compañía inofensiva.

Solcito / Solcito / Solcito / Sol...

Solcito mío, Solcito mío, mi amor...

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viernes 5 de septiembre de 2008

Diez

CAPITULO 10

Hace unos días, a Zapata se le dio vuelta el corazón nomás pasar la página del periódico: el de la foto no podía ser Sánchez Durand. No El Fantasma.

***

El 28 de diciembre de 1997 Esteban Sánchez Durand fue procesado por la justicia argentina por delitos ocurridos durante la última dictadura militar. Sánchez Durand era médico auxiliar del campo de concentración El Embarcadero, llamado así por estar ubicado en las cercanías de un muelle en una isla del delta del Tigre.

Sólo Zapata y otros dos fiscales federales sabían del chupadero. El Embarcadero jamás salió en los periódicos, nunca fue tema de noticiero y su historia era desconocida incluso para los jueces hasta que los fiscales llegaron a ellos con los resultados de sus pesquisas.

En muchos sentidos, El Embarcadero era una fantasmal vertiente de ánimas. Último campo de concentración militar abierto en Argentina, en 1981, sirvió para mantener cautivos a unos pocos opositores a la guerra de las Malvinas, incluido un piloto militar que se negó a bombardear un barco espía chileno en el Canal de Beagle. El aviador, como los otros seis detenidos, ya estaban desaparecidos para comienzos de 1984.

Ningún militar que pasó por allí, entre ellos dos coroneles, tres tenientes y cinco zumbos, estaba vivo cuando Zapata halló la foto de Sánchez Durand en el diario. Los coroneles y un teniente murieron por fallos cardíacos, a dos suboficiales los asesinaron en una trifulca de bar, a otro en una pelea entre barras bravas de Tigre y Nueva Chicago y al último lo arrolló una Ford F100. Los dos tenientes, piloto y copiloto de los vuelos sobre el río, se suicidaron. Las culpas, suponía Zapata, les habrían llevado a un estado mental calamitoso pues acabaron con sus vidas cuando eran internos de la colonia cordobesa de trastornados Emilio Abad Vidal.

También los dos médicos que dirigían las torturas fallecieron en circunstancias extrañas. Uno en Bogotá, cuando su auto se detuvo en un semáforo y un desenfrenado camión de Cerveza Águila se lo tragó. El conductor del camión desapareció sin dejar huella. Al otro lo encontraron, frío como mármol, sentado al comando de un avión Cessna particular a punto de decolar en un campo de la provincia de Córdoba.

Zapata dio con el campamento por una casualidad. Cuando era estudiante de los últimos años de abogacía fue a pasear al Delta con dos compañeros, Portigliatti y Orso. Allí vieron despegar el helicóptero utilizado en los vuelos detrás del pequeño embarcadero donde habían amarrado el velero del padre de Orso para reabastecerse de combustible.

Portigliatti, que había hecho la colimba, lo identificó como una vieja aeronave de combate y dijo que era extraño que estuviera por allí dado que la zona no era escenario de maniobras militares. Zapata, que había oído hablar en la facultad de extraños vuelos nocturnos sobre el Río de la Plata, les dijo que deberían investigarlo. Pero después y no ese día, sonrió, porque el solcito estaba rico y había muchas minitas floreándose por las marinas.

Ya egresados, los tres se enrolaron como ayudantes de la Fiscalía federal. Con el albor democrático fueron comisionados a registrar testimonios de familiares de desaparecidos de la dictadura. Tras una de esas dolorosas conversaciones, Zapata recordó a Portigliatti y Orso “el caso del helicóptero del Riachuelo”, como lo llamaban.

Entonces sí se decidieron a investigar seriamente. Aunque revolvieron cielo y tierra y lograron identificar la aeronave y asociarla a El Embarcadero, la investigación pasaba más tiempo detenida que en marcha. Varios años se consumieron con los apuntes guardados en la carpeta amarilla amarrada por el cordón, que fue pasando con ellos de oficina en oficina y de escritorio en escritorio. Era muy difícil hallar información. No había testigos y las únicas personas con alguna vinculación, unos pocos familiares de los detenidos en El Embarcadero, ya habían dado todo cuanto tenían en mente.

Los avances estuvieron condicionados, de hecho, a la sucesión de muertes de los militares y médicos involucrados. Por los periódicos o porque algún informante del Ejército les notificaba, Zapata y sus socios fueron recolectando datos pacientemente, resignados a que el caso se descubriese a sí mismo, dependientes de que las externalidades les golpearan la puerta.

Así la lista de muertos fue construyendo la historia hasta convertirse en ella misma. La necrología incluyó progresivamente a los militares y pilotos, a los médicos y a los detenidos-desaparecidos. No quedo fuera de ella nadie más que una sola persona: Sánchez Durand, el galeno auxiliar, a quien la Justicia procesó en ausencia después de analizar la documentación provista por Zapata y sus dos fiscales ayudantes. Cuando el juez dio vista al caso, llamó “fantasma” al fugaz médico, apodo que los abogados asumieron como código interno.

A más de una década de la acción judicial, El Fantasma aparecía en el periódico para rebelar el corazón y revolucionar el estómago del fiscal.

***

Sacó rápidamente una carpeta de su escritorio. Era el viejo folio amarillo atado con el cordón de zapato y se puso a revisarlo con velocidad. Entre los papeles dio con una foto antigua. Era un muchacho alto y desgarbado, con apenas una barba de días y una incipiente barriga. Sonreía con toda la boca.

Comparó la imagen con la del periódico y, aunque la edad le generaba dudas, le pareció hallar en ese señor mayor la misma sonrisa del joven médico militar. Debía ser él. Tenía que ser. El Fantasma.

Zapata tomó el teléfono y llamó a Portigliatti y Orso. Los fiscales llegaron a los pocos minutos sin ocultar la exaltación. Zapata deslizó el periódico y la fotografía amarillenta sobre el escritorio y los miró. Los otros dos se plantaron frente a las impresiones y no tardaron demasiado en intercambiar también miradas. Orso hizo una mueca, respirando agitado.

Es él —dijo.

Miró a Portigliatti, que asintió, y ambos se volvieron a Zapata.

Ni una puta duda, entonces —resolvió.

¿Qué vas a hacer? —inquirió Portigliatti.

Buscarlo —dijo Zapata, definitivo—. Buscarlo.

Zapata se echó en la silla y resopló. Sacó un Alka Seltzer del mismo cajón donde antes estaba el folder amarillento y se sirvió un vaso de soda. Tragó el líquido efervescente con ansiedad, con sus dos compañeros aun mirándolo.

¿Lo vas a buscar ahora? —intervino Orso.

No, quiero estar más seguro y seguir todos los procedimientos —dijo Zapata enfáticamente—. Es el último que queda de El Embarcadero, así que no hay que meter la pata. Hay que agarrarlo con todo preparado o nos jodemos nosotros. Y escuchen bien —dijo, pausando la voz para realzar la importancia de lo que seguiría—: El Fantasma es nuestro. Ni una palabra de esto a nadie. Es ahora o nunca, carajo.

***

Unos días después de la reunión, Portigliatti y Orso tenían un detalle exhaustivo de los movimientos de Sánchez Durand. Cuanto averiguaron y con quién es un misterio, pero entre información y especulaciones, creían tener una noción más o menos acabada de su vida. Era ciudadano español, hijo de un constructor argentino con vínculos con las juntas militares de los 70. Había estudiado medicina en Madrid y llegó a Argentina en 1982, cuando El Embarcadero llevaba unos meses funcionando.

Sánchez Durand sólo se llamó así mientras duró su estadía de dos años en Buenos Aires. Nació, presumiblemente, como Esteban Antonio Casillas Durante en Córdoba, Andalucía, el 1 de enero de 1946. Inició su carrera en la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense de Madrid a los 19 años; le tomó diez años terminarla. Apenas egresado, regresó a Andalucía a trabajar con su padre.

Aquí comienzan las mayores especulaciones. Según Orso y Portigliatti, el padre debió proponer a Casillas/Sánchez Durand conseguirle empleo en Argentina a través de sus conexiones con el gobierno. Padre e hijo, sugieren los fiscales sin mencionar fuentes, habrían mantenido una relación tirante, escasamente afectiva.

No hay ningún registro militar que mencione a Casillas en operaciones al servicio del Ejército, aunque sí existe una planilla —una sola planilla— que incluye el nombre “Sánchez Durand, E.” en un despacho interno de la Gendarmería. Al lado del nombre decía “médico ayudante, Embarcadero”. Orso y Portigliatti no pudieron determinar si quien pagaba el salario del médico era la infantería o los guardacostas ni de qué modo percibía el dinero, dado que no existían mayores referencias de él que esa exigua aparición en un documento de visitas a una base de patrullas del Delta.

Al regreso a España, en 1984, el tal Casillas volvió a ejercer la medicina en una práctica privada de Huelva. A los cinco años ingresó a un hospital neuropsiquiátrico en Madrid, como médico residente. En menos de tres años se convirtió en director general. Tenía entonces 46 años. Su veloz ascenso llegó por los sucesivos desplazamientos de tres respetados médicos de carrera, todos declarados insanos y recluidos en el mismo centro asistencial.

Antes y después de regresar a Argentina en 1996, el año previo a su procesamiento judicial, Casillas vivió en México y dictó conferencias en Bogotá, Monterrey, Lima, Santiago de Chile y Caracas. Por Colombia pasó dos veces y, en aquel 1996, visitó Buenos Aires y Córdoba en Argentina. Como la requisitoria judicial estaba extendida a nombre de E. Sánchez Durand y no de Casillas —y, curiosamente, no había pedido de captura a Interpol—, nadie en Migraciones sospechó de ese médico en turismo de congresos por el país.

Casillas parecía vivir cómodo en un piso en Madrid y tener un desempeño profesional respetado a nivel internacional. Nada que consternase a los fiscales, acostumbrados a conocer casos de criminales de lesa humanidad convertidos en prohombres de sus comunidades bajo nombres falsos. Con todo, Casillas era un caso distinto pues vivía más bien expuesto y poseía un cierto renombre en la comunidad psiquiátrica internacional.

En uno de sus viajes a Argentina —los fiscales no pudieron determinarlo con precisión—, Casillas conoció a la traductora y profesora de inglés Rosario Valdés. En su reporte a Zapata, los dos fiscales anotaron que Valdés y Casillas/Sánchez Durand “intimaron” rápidamente y que la mujer pronto se mudó a la casa del médico prófugo en España.

Hasta allí llegaba el reporte, que culminaba con una copia de la nota del periódico: una pequeña fotografía de la página de Sociales que mostraba las imágenes de un Congreso de Psiquiatría y Medicina Forense de Madrid. La foto central eran los miembros del Equipo Argentino de Antropología Forense, premiados por su trabajo en la identificación de desaparecidos de la dictadura. Casi a pie de página, en un espacio no más ancho que el de una columna recibía una plaqueta, sonriendo en primer plano, Sánchez Durand. O el Doctor Casillas, como rezaba el epígrafe.

***

El 5 de septiembre de 2008, Zapata abordó en Ezeiza el vuelo AR1132 de Aerolíneas Argentinas rumbo a España. Llevaba consigo nada más que una pequeña maleta con ropa, un portafolios con su carpeta ajada y seis mil quinientos euros. Era todo lo que pudo reunir rascando los fondos de la caja chica de su oficina, sus propios bolsillos y los de Orso y Portigliatti.

Su investigación, ya de por sí flaca, dependía de su eficiencia en el gasto. Toda posibilidad de hacer justicia con un caso desconocido en Argentina residía en cómo Zapata administrase el dinero y en el modo en que se las ingeniase para obtener información.

La renta del departamento, hecha por internet a las apuradas, le restaría en un mes casi un quinto de los fondos. En el vuelo, Zapata se repitió hasta el sueño que, de organizarse, hubieran obtenido alojamiento más barato, así fuere menos decente. Pero toda la investigación había sido tan lenta que, cuando se avivó con la fotografía, tenían los nervios narcotizados y tomaron las decisiones presas del arrebato.

El mapa de Google decía que el domicilio estaba a unos pasos de Las Ventas y, curiosamente, del Parque Eva Duarte de Perón. La dirección, Francisco Silvela, 28, distrito de Salamanca, 28028, Madrid.

***

De un salto, rompiendo la noche, Casillas vomita el whisky y las píldoras. La Loca Estela, desnuda a un lado en el piso de la oficina, duerme una mona densa. Casillas se frota la cara, despierto sin estar despierto, repitiendo como un disco rayado:

Dix, dieci, dez, zehn, ten. Diez.

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Agradecimientos › B.M., Nicolás Guillén (USA), Ana Lía Weiller, Anónimo con Apellido, Cachivache del Kurdistán, Catalina Marchita, Fantasma del Sur, Matapalomas, Nippur de Lagash, Pablo U, Vicodín a las 4 y Visitante Invisible (ARG), Soboro y Marta García P (ESP), El Emir de Tecamachalco, Susana Vega G (MEX), Rogelio Federer Express y El Dr. Casillas.

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